El bandido (fragmento)Robert Walser

El bandido (fragmento)

"Ella pensó: «¿Llegará la cosa a buen puerto?». Y al mismo tiempo esta pregunta le infundió, cómo no, algo de miedo. Del mismo modo que, para el bandido, ella parecía la mujer idónea, así también el bandido aparentó ser el hombre ideal para ella, y se comportó desde un principio con total inhibición. Idóneos el uno para el otro, hacían remilgos y se avergonzaban, pues intuían la opinión de los presentes: que estaban hechos tal para cual. Ahora sólo tenían que conocerse a fondo, aunque desgraciadamente no les apeteciera lo más mínimo por el momento, de suerte que los instigadores de su unión, los organizadores de los preparativos del enlace los observaron compasivos. En particular, lo lamentaban enormemente por el bandido. Él hizo como si no comprendiera nada. ¿No es eso insolencia? A ambos los habían convocado a la reunión para que algo bonito surgiera y cuajara lo antes posible. Claro está que esa a quien habían considerado la mujer idónea no era bella. Precisamente por eso la creían adecuada. ¿No lo veía el burro del bandido? ¿O era que lo veía demasiado? Esa a la que, con toda la amabilidad, habían proclamado la mujer indicada le parecía incluso cuadrada. Tal vez ella se diera cuenta de todos y cada uno de los inconvenientes de un hombre que le convenía. Andaba cabizbaja, titubeante. «Se ha negado a picar, ha sido muy descortés con nosotros», se oyó que alguien decía en la reunión después de que él se hubiera marchado. En su presencia habían fingido estar encantados con su comportamiento. Ahora, en cambio, lo censuraban a placer. Como un caballero, él la había acompañado hasta su casa, pero tampoco de regreso acabó de convencerle. Mientras caminaban, ella tuvo por lo menos el detalle de hablar de Rilke; pero, a pesar de sus conocimientos sobre Rilke, jamás reuniría las cualidades necesarias para él. Vaya por Dios.
Los cisnes en el estanque del castillo, la fachada renacentista. ¿Dónde lo habré visto? O mejor: ¿dónde lo habrá visto el bandido? Apoyadas en el tronco de viejos árboles, había unas escaleras. Grupos enteros de bebedores de té podían subir y sentarse formando un corro bajo un techo verde. Y aquella granja solitaria en lo alto de la montaña, aquel bosquecillo de abedules o lo que fueran aquellos árboles. Y la glorieta en la colina, y la casa y el modesto muro; y la mujer arrogante, detrás de la ventana, observando gravemente a los recién llegados. A menudo la arrogancia es nuestro último refugio, aunque es un refugio al que no deberíamos huir. Tendríamos que salir de nuestra arrogancia, que no es más que una jaula, y hablar con los más modestos y así redimirnos. La redención está siempre a la vuelta de la esquina. Sólo que no siempre queremos distinguirla. Oh, si distinguiéramos siempre, a todas horas, lo que nos puede fortalecer. «Idiota», le siseó ella al bandido; y quien esto siseaba sufría de arrogancia y era bella hasta morir al decir eso. Y esta fuente de bienhechoras en el mismísimo centro de nuestra ciudad, tan rica en mujeres esculturales. Pero ¿en qué época fue cuando aquel señor me hizo una breve visita para animarme con sus historias? Tal vez supiera cuán joven era entonces el bandido. De pronto reaparece ese estúpido bandido, y yo desaparezco detrás de él. Está bien, sigamos. Y este enfermo, que estaba alegremente dispuesto a trabajar de noche si su condición se lo permitía. De él me han dicho que tiene un montón de prometedores encargos que no puede, hoy por hoy, llevar a cabo. Sólo cuando la gente ha muerto o yace paralizada viene el mundo con sus deseos, ofrecimientos y homenajes, cuando es demasiado tarde. Con quienes conservan su sano juicio nos enfadamos porque conservan su sano juicio. A los alegres les guardamos rencor por su alegría. Es algo que no hacemos a propósito: que lo hagamos por instinto es probablemente lo más triste, lo menos halagüeño. Basta ya de tanta filosofía. "



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