El dolor de soñar (fragmento)Isaac Jesús Barrera Quiroz

El dolor de soñar (fragmento)

"Tener hondura y claridad; ser transparente como el agua y salir desde muy adentro de la tierra, ¡qué mayor gloria! Natalia se sentía formando' parte del ambiente; si el paisaje familiar le era querido, -sabia también que, como la fuente, ella "tenía sus raíces en esa pobre tierra; ella había nacido como brotan los maizales en las llanuras y en las vertientes de las lomas. ¿No eran sus ojos, que podían otear y recrearse en la hermosura de la naturaleza, dos fuentes vivas que salían de su ser tan vinculado al cuadro campestre? Y veía el monte que se elevaba aislado y solitario; pero no hosco, sino como un viejo bueno. La gente de campo le llamaba "el taita", el padre; contaba que en el cráter apagado de ese monte vivía un viejo venerable, que era una especie de genio protector y benéfico. Una antigua convulsión había desgajado unas rocas que formaban como la ventana de una ruina colosal: era la ventana de la casa del viejo monte. Alguno había subido hasta allá: el anciano le recibió bondadoso y ¡campestres imaginaciones! decían que después de agasajarle le concedió el regalo de unas amarillas mazorcas de maíz y de unas cristalinas de morocho.
El maíz resultó ser oro y fueron perlas los granos del morocho. Y esa alta ventana era un acicate de prodigio y de esperanza para la gente ingenua y pobre.
El viejo del monte se mostraba también de otras maneras y en otras formas: hijos suyos eran los niños de tez blanca y sonrosada que parían las indias jóvenes. Acaso estos procreadores misteriosos no eran sino los rijosos propietarios de haciendas; pero entre la gente india, el niño que salió de otro color que el cobrizo suyo, no era sino hijo del padre o del tornasolado cuische.
También el monte era una divinidad: cuando el verano se prolongaba resecando por demás los campos y matando las semillas, o cuando el invierno crudo hacía imposible las siembras, largas hileras de indios iban en peregrinación a los primeros contrafuertes del monte, y allí, en rito sagrado, en rito trasmitido desde la más remota tradición, abrían un surco y depositaban en ofrenda frutos y exvotos, y se alejaban salmodiando una plegaria en la lengua autóctona. Siempre el monte hizo el milagro que se le pidió.
Allí estaba lleno de negrura y de altivez; mostrando en los surcos de lava que le atravesaban formando una V gigantesca, que en un tiempo ardió en un fuego destructor. Acaso entonces, en un tremendo patalear de cíclope, abrió a sus pies la laguna que hoy rizaba sus aguas blandamente; acaso entonces cubrió de desolación los campos que hoy verdegueaban sonreídos. Los montes no sólo en la imaginación popular ejercen tan poderoso influjo: todo hombre los mira como algo enaltecedor y los recuerda en la ausencia con añoranza. "



El Poder de la Palabra
epdlp.com