El nuevo rostro de la locura (fragmento)Jean Thuillier

El nuevo rostro de la locura (fragmento)

"Como Ajuria me había dicho que sólo deseaba obtener relajación muscular, pensé en un enfermo que presentaba una forma grave de me­lancolía estuporosa, es decir, que toda su actividad motriz se encontraba inhibida. Absorbido por la tristeza, no prestaba atención a los que le rodeaban; parecía no oír y, aparte de algunos gemidos, se quedaba mudo, contraído, con los brazos apretados contra el pecho, con la nuca rígida.
No fue fácil extenderle sobre la mesa de observaciones, ni sujetarle los brazos para practicarle la inyección de curare que Ajuria le puso len­tamente en la vena.
Había calculado una dosis suave, pero como el enfermo estaba muy delgado debido al frecuente rechazo de alimentos, la curarización so­brevino rápidamente. Primero fue su nuca, que mantenía doblada sobre su pecho, la que se inclinó hacia atrás para apoyarse en la almohada. Un extraño asombro apareció en sus ojos, donde pude leer rápidamente una inefable sorpresa, pero la caída ineluctable de los párpados sobre­vino en seguida como primera señal, la más precoz, de la curarización. Tras la resistencia de algunos parpadeos, sus ojos se cerraron definiti­vamente, al mismo tiempo que las mandíbulas se despegaban, dejando la boca entreabierta; después los brazos y piernas que sujetaban dos en­fermeros se relajaron y pronto, sobre la sábana blanca, en lugar de un individuo contraído, tenso, casi convulsivo, teníamos un cuerpo fofo y blando, incapaz no sólo de mover un brazo, una mano o un pie, sino in­cluso de levantar los párpados. La respiración era más tranquila y había disminuido su amplitud. Al mismo tiempo que le vigilaba, tomándole el pulso, dispuesto a intervenir con un respirador de oxígeno, observaba a mis dos neurólogos que, indiferentes a los efectos secundarios psíquicos de esta curarización, sólo analizaban los signos neurológicos con una ac­titud que me chocaba un poco.
No voy a ser blando con ellos, ya que mi irreverencia raya casi con la indignación que siento siempre que algunos médicos, por egoísmo re­conocido o inconsciente, olvidan al hombre en el enfermo, insensibles al drama de la enfermedad, para satisfacer únicamente con avidez insa­ciable su curiosidad apasionada.
M. Lapicque se había precipitado sobre el muñeco fofo en que se había convertido mi enfermo, le movía pasivamente los brazos y las pier­nas que levantaba y dejaba caer sobre la cama. Ajuria le había pasado un martillo de reflejos con el que golpeaba los tendones de Aquiles y de la rótula para verificar que no reaccionaban. Curvado sobre el cuerpo inerte, el viejo científico, de manos con dedos nudosos, palpaba las masas musculares átonas y fofas. Ese cuerpo blando le interesaba como si hu­biera explorado la anatomía de una marioneta. "



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