Cuentos de Shakespeare (fragmento)Charles Lamb

Cuentos de Shakespeare (fragmento)

"El verdadero amor y la fidelidad no pueden desaparecer por un mal uso, como la falsedad y la vacuidad del corazón no dejan de ser lo que son por el buen uso. Esto se ve con toda claridad en el caso del buen conde de Kent, el cual, desterrado por Lear y corriendo el riesgo de perder la vida si era encontrado en Bretaña, decidió quedarse y asumir las consecuencias mientras hubiera una posibilidad de ser útil a su rey y amo. Es un ejemplo de los cambios y disfraces humildes a que la pobre lealtad está obligada a recurrir a veces. Dejando de lado su lujo y grandeza y disfrazado de servidor, este buen conde ofreció sus servicios al rey, el cual, ignorando que era Kent bajo esa vestimenta y encantado por cierta franqueza y hasta rudeza en las respuestas (muy diferente de la adulación lisa y pegajosa de la que con razón estaba harto, pues ya había descubierto, por las acciones de su hija, cuán poco recomendables eran sus consecuencias), llegó rápidamente a un acuerdo. Lear contrató los servicios de Kent, le puso el nombre de Cayo, que era como decía llamarse el hombre, y no sospechó en absoluto de que se trataba de su otrora gran favorito, el brillante y poderoso conde de Kent.
Cayo no tardó en encontrar los medios para mostrar su amor y fidelidad al real amo: pues ese mismo día el mayordomo de Goneril no respetó a Lear, le lanzó miradas insolentes y usó un lenguaje desfachatado, sin duda estimulado por su señora. Cayo, que no soportó escuchar una afrenta tan descarada a su majestad, no se anduvo con contemplaciones, echó una zancadilla al descarado y lo tiró al suelo. Por este acto de amistad, Lear empezó a tenerle cada vez más apego.
Kent no era el único amigo de Lear. Lo era también, a su manera y en la medida en que un personaje tan insignificante puede mostrar su amor, el pobre gracioso o bufón que había pertenecido al palacio de Lear mientras este tuvo palacio, pues en aquella época era costumbre de reyes y personas de alto rango mantener a un bufón (como lo llamaban) para divertirse después de estar ocupados en asuntos importantes. El pobre bufón se aferró, pues, a Lear después de que este perdiera su corona y lo animó con sus ingeniosas frases, si bien no podía evitar a veces mofarse de la imprudencia mostrada por su amo al desprenderse de la corona y darlo todo a sus hijas. "



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