Del infante difunto (fragmento)Rodolfo Hinostroza

Del infante difunto (fragmento)

"Las aguas ferrosas que calentaban tu cuerpo tenían colores, de serpiente plana, y la tierra se había descosido en sus espacios, y llevábamos nuestra infancia como un estandarte sin sombras, entre paraísos de yeso, y ángeles larvados y la tía apócrifa. De ella digo, ¿qué digo?, que en sus ojos ardían mis espadas de estaño y que se había fugado cuando las hogueras carcomían la noche de San Juan. Se me había advertido, se me había repetido: Octavio, Octavio, una gran ola salió del río cuando tú nacías. Nos salvamos porque las campanas sonaron a muerto y la familia había cavilado toda esa madrugada. Trepamos a los cerros y durante todo un día vimos morir al pueblo. El Huascarán nos miraba y entonces fue que sentimos esa blancura imperdonable. Nosotros tres habíamos enterrado ceremoniosamente, en un rincón del patio, bajo la gotera, al canario muerto entre las trenzas de mi hermana. Las campanas del ángelus nos doblaban las rodillas y de la muerte sabíamos que era una bella palabra. Sí, porque mirábamos a los púlpitos de arcilla achacosa en donde dormitaban ángeles bonachones, y nosotros sabíamos llevar el domingo en los hombros, como una prenda nueva. No volverás a aquello, ni hallarás ese patio cuadrado con una fecha dibujada en piedras negras. Los países se encogen como esa tía abuela que olía a alcanfor, y los hierros de las capitales inundan esos claros espacios donde tu corazón anclaba, como un canto rodado. No sentirás los pasos de tu padre midiendo las estancias donde los retratos negreaban, como párpados muertos. "


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