El crucero de la Chatarra Rodante (fragmento)Francis Scott Fitzgerald

El crucero de la Chatarra Rodante (fragmento)

"Al llegar el ocaso nos zambullimos en los yermos, los yermos en donde los muchachos de Illinois y Tennessee y las ciudades del golfo dieron su vida y se quedaron durmiendo en los marjales y pantanos boscosos; sin embargo, sobre el ensangrentado campo de batalla no quedaban ahora más que el zumbido de las cigarras y el ondear de las viñas. La carretera comenzó a serpentear por entre charcas de aguas estancadas y marjales crepusculares, y cada vez que por un instante divisábamos una amplia panorámica de cielo abierto, éste había adquirido un tono azul más oscuro incluso que la vez anterior, al tiempo que la boca del siguiente tenebroso y gris conducto aparecía más densa y menos opaca. Finalmente salimos de un túnel verde para encontrar que eran las siete y media y se había hecho completamente de noche. Un extraño nerviosismo comenzó a embargarme, y al acercarnos a la siguiente arboleda conduje con infinito cuidado, consciente de estar cometiendo un acto de profanación, mientras que el grave zumbido de nuestro gran motor estallaba contra las ominosas paredes de follaje.
Fue justo este momento, cuando el peligro nos aguardaba a la vuelta de la esquina —ojalá no lo hubiese adivinado—, el elegido por Zelda para decir que quería conducir ella. Nos paramos en el primer claro y le cedí el volante.
Transcurrieron diez minutos. Había que conducir despacio, y, hasta donde pude averiguar por medio del estudio de la Guía del doctor Jones, que estuve hojeando insatisfactoriamente a la luz de una reciente adquisición, una linterna eléctrica, nos encontrábamos todavía a sesenta y cinco kilómetros de Richmond: más de una hora de camino. Mis extraños temores se concretaron ahora en el miedo a que Lázaro entregase su alma, con un enervante estallido, en mitad de un pantano boscoso, y tener que cambiarlo allí mismo, exponiéndome a las ranas gigantes y los fantasmas y los muertos de antiguas batallas.
Con una dolorosa sensación de vacío vi cómo iban aproximándose los siguientes bosques. Las hojas se abrían chapoteantes hacia los lados, dejándonos paso, y Zelda persiguió una oquedad evasiva, confusa a la luz bizqueante de los faros, uno de los cuales buscaba la carretera que se ocultaba a nuestros pies, mientras el otro, con monstruosa perversidad, se empeñaba en enfocar la cúpula del mundo arbóreo. "



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