Cacao (fragmento)Jorge Amado

Cacao (fragmento)

"Fumaban cigarrillos de tabaco picado y bebían grandes tragos de cachaba desde la más tierna infancia. Aprendían a temer al coronel o al capataz, y asimilaban aquella mezcla de amor y odio de los padres hacia el cacao. Rodaban con los chanchos por el barro y aceptaban la bendición a todo el mundo. Poseían una vaga idea de Dios, un ser algo así como el coronel, que premiaba a los ricos y castigaba a los pobres. Crecían llenos de supersticiones y de heridas. Sin religión, sentían al cura como un enemigo. Lo odiaban naturalmente, como odiaban a las cobras venenosas y a los hijos chicos de los patrones. A los doce años los trabajadores los llevaban a Pirangi, a la casa de las putas. Cuando se agarraban la enfermedad mala, se volvían hombres. En lugar de quinientos reis pasaban a ganar mil quinientos. Chiquillada de nombres corrientes: João, José, María, Pedro, María de Lourdes, Paulo, chicos que nunca tuvieron ni juguetes ni muñecas. Algunos tenían nombres raros de héroes de novela, aristocráticos: Luis Carlos, Tito Livio, César, Augusto, Jorge, Gilca, Alda. Después descubrí que todos ésos eran ahijados de María, la hija del coronel.
Los bautizos se hacían año a año para la Navidad. El coronel y la familia invitaban a un cura para que celebrase una misa en el campo. Familias de Ilhéus, Itabuna y Pirangi llenaban la casa grande. Se sacrificaban chanchos, gallinas, pavos y carneros, bailaban por la noche al son de un vitrola. Ocho días de fiesta de esa gente de la ciudad, que evitaba rozarse con los campesinos, con miedo a ensuciarse y que se divertía desde lejos con las bestialidades que decían.
La Navidad traía las grandes fiestas. Trabajadores de diferentes lugares, familias enteras de contratistas, venían a bautizar a los hijos. Los hombres cargaban los zapatos al hombro y se ponían los pantalones de lujo. Iban hasta la casa grande para saludar al coronel y a su familia. Las visitas reían con risitas sarcásticas porque las mujeres entraban con la cabeza baja, avergonzadas. Los chicos raquíticos y barrigones recibían la bendición de todo el mundo y besaban la mano:
—Bese la mano del doctor Osorio, peste. Sea bien educado...
Pellizcones, caras de llanto, caras de risa.
Después volvían al frente del almacén, donde la cachaga corría y las guitarras y armónicas cantaban alegrías y tristezas, historias de amores primitivos con morenas de moños con lazo, vestidas de percal, flores salvajes del campo. "



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