El escarmiento de los Talaveras (fragmento)Liborio Brieba

El escarmiento de los Talaveras (fragmento)

"Había tal demostración de interés en el tono con que Amelia había proferido estas frases, que Ricardo, sea porque se penetrara de ello, o porque temiera verdaderamente empeorarse, hizo ademán de resignarse a las recomendaciones de la joven, y cerró los ojos como para dormir.
No seguiremos paso a paso los progresos de la convalecencia de Ricardo; pero si diremos que Amelia y Antonia lograron, ya suplicando, ya valiéndose de inocentes astucias, el mantenerlo en la ignorancia de la suerte que había corrido su familia.
Sólo algunos días después, y cuando el enfermo podía ya dejar la cama y ejercitar sus débiles piernas dando algunos pasos por la habitación, se resolvió Amelia a confesarle todo.
Era una tarde en que Ricardo, sentado a1 lado de su cama, se entregaba a sombrías meditaciones, sin hacer caso de los esfuerzos que Amelia hacia por distraerlo, promoviendo conversaciones que, aunque fútiles, no por eso dejaban de tener cierta amenidad propia para alegrar el ánimo de un enfermo.
El carácter de la joven se prestaba naturalmente a ello: además, aunque careciera de una regular educación, no le faltaba el ingenio y la agudeza necesaria para discurrir agradablemente y aun salpicar de graciosos chistes sus pláticas.
Ricardo había tenido una convalecencia llevadera, gracias a la sociedad de Amelia.
Había, por otra parte, comprendido cuánta abnegación, cuánta solicitud para él encerraba la conducta de ella.
El hecho es que la joven no había creído necesario, ni le habría sido posible hacer un misterio de la muerte de su tía: Ricardo lo había sabido, pues, de boca de ella misma, y conocía también que esta desgracia la había herido en lo más sensible de su corazón.
Ahora, el que Amelia se desentendiera de sus propios dolores para esforzarse en hacer pasajeros los de su huésped, era una generosidad, una abnegación, como hemos dicho, que sólo podemos comprender nosotros, que estamos a1 cabo del estado de su alma; pero no Ricardo, que estaba muy lejos de figurárselo.
Se limitaba él a comprender y agradecer la conducta delicada de la joven, y de ahí nacía un trato afectuoso mantenido mutuamente, y grato para entre ambos. Para ella, por su amor; para él, por su agradecimiento. "



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