Abril, historia de un amor (fragmento)Joseph Roth

Abril, historia de un amor (fragmento)

"En la esquina más cercana, Käthe abría su ventana y contemplaba la ciudad. Yo la saludaba siempre. Jamás había hablado nunca con ella, ni tenía tampoco nada de qué hablar, pero igual la saludaba, porque ella miraba por la ventana y porque a la mañana temprano el mundo no parecía ser el de siempre sino uno mucho más primordial, como el de los primeros días, quizás un par de años después de la Creación, cuando todos los hombres eran como veinteañeros que se amaban y eran por ende buenos unos con otros. Ya entrado el mediodía, en cambio, cuando volvía a casa, el mundo ya era como mil años más viejo y yo no saludaba más a Käthe, pues no estaba bien en un mundo tan avanzado saludar a una muchacha con la que ni se había hablado antes.
A través del Parque dejaba oírse el crepitar de una barriguda rociadora, que regaba la hierba y los espacios verdes. Un mirlo revoloteaba con ágiles piruetas en torno a la rociadora y golpeaba con el ala izquierda el chorro de riego. Las alondras, siempre de vacaciones, canturreaban invisibles por doquier. Alrededor de los bancos situados en medio del Parque, el pasto se dejaba ver un poco fatigado y maltrecho a causa de los amoríos nocturnos. Y frente a mí pasó, entonces, el oficial asistente ferroviario, rumbo a su trabajo.
Yo detestaba a ese dichoso asistente. Era pecoso e increíblemente alto. No bien lo veía me daban ganas de mandarle una carta al Ministro de Transportes. Quería proponer a ese desagradable empleado para que le otorgaran el manejo de un telégrafo perdido en algún punto remoto entre dos pueblitos. Pero el Ministro no me hubiera hecho jamás ese favor.
De veras no tenía ni idea de por qué odiaba tanto a ese empleado. Era extraordinariamente grande, pero yo no siento ningún desprecio fundado por lo extraordinario. Me daba la impresión de que tenía en mente unos designios demasiado altivos y eso me sacaba de quicio. Me parecía que desde su juventud no había hecho otra cosa que crecer y sacar pecas. Y además tenía el pelo rojo.
Usaba siempre su uniforme y una capa roja. Avanzaba dando pasitos cortos, aun cuando podía marchar a toda velocidad con sus largas piernas. Pero iba despacito, y seguía creciendo, y creciendo.
Todavía hoy no sé gran cosa sobre ese asistente. Pero ya entonces hubiera podido jurar que andaba metido en más de una insospechada bajeza. "



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