Caspar Hauser (fragmento)Jakob Wassermann

Caspar Hauser (fragmento)

"La mirada era tímida y un tanto inquieta. Sus ojos brillaban a veces con notable viveza, la nariz aguileña se proyectaba petulante en el aire, y la boca, escondida tras unos precarios bigotes, ofrecía un rictus de amargura que delataba en él al hombre eternamente insatisfecho.
El lord no se sintió tranquilo con el resultado de su examen; preguntó al presidente si habían llegado a un acuerdo, y cuando éste asintió, extendió la mano a Quandt y le dijo que le visitaría por la tarde. Embelesado ante semejante distinción, el profesor hizo una nueva reverencia, saludó al presidente y salió.
Stanhope partió muy pronto, ya que Feuerbach tenía que asistir a una reunión. Llegado al hotel, empleó dos horas en escribir una carta, que entregó al mensajero. A la una y media se presentó el teniente Hickel, tal como habían convenido; almorzaron juntos y luego se dirigieron a casa de Quandt.
La casita del profesor, situada en el Kronacher Buck, junto a una de las puertas de la ciudad, estaba arreglada con el mayor esmero; la señora Quandt, una mujer joven, atractiva y simpática, vestida con un traje de seda como para una boda, les saludó en la puerta; en la salita de estar la mesa aparecía cargada de pasteles, y un delicado servicio de té brillaba seductor sobre un mantel blanco como la nieve.
El lord se mostró paternalmente afable con la señora profesora; como se hallaba en estado, el conde le deseó muchas felicidades, reiterándole su interés con un firme apretón de manos. Le preguntó sí era la primera vez; la joven dama enrojeció hasta la raíz de los cabellos, sacudió tímidamente la cabeza y dijo que ya tenía un niño de tres años. Cuando estuvo servido el café, Quandt le hizo una señal, ella salió silenciosamente de la habitación y los tres hombres se quedaron solos.
Stanhope explicó que no sabía hacerse todavía a la idea de tener que separarse de Caspar, pero que estaba encantado de aquel ambiente de paz y orden, y que le tranquilizaba sobremanera saber a su protegido alojado en aquel agradable hogar. Era, pues, de esperar que el infeliz alcanzaría al fin puerto seguro después de haber pasado por tanta mano indigna con evidente daño de su cuerpo y alma. "



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