El Leviatán (fragmento)Joseph Roth

El Leviatán (fragmento)

"En dos samovares de cobre —también en ellos se reflejaba el sol poniente— hervía el agua sobre una de las mesas, en el centro del cuarto, y no menos de cincuenta vasos baratos de un cristal verduzco, con doble fondo, pasaban en torno de mano en mano, llenos de un humeante té pardo dorado y de aguardiente. Desde hacía tiempo, ya por la mañana, las campesinas habían negociado durante horas el precio de los collares de coral. Ahora las joyas les parecían a sus maridos todavía demasiado caras, y comenzaba de nuevo el regateo. Era una batalla encarnizada la que tenía que librar solo aquel hombre enjuto contra una fuerte mayoría de hombres avaros y desconfiados, robustos y a veces peligrosamente bebidos. Bajo el casquete negro de seda que solía llevar en casa Nissen Piczenik, el sudor le resbalaba por las mejillas poco pobladas y pecosas, hasta la roja perilla, y los pelillos de la barba se le quedaban pegoteados a la noche, después del combate, y tenía que peinárselos con su peinecito de hierro. Finalmente, vencía a todos sus clientes, a pesar de su necedad. Porque de todo el ancho mundo sólo conocía los corales y a los campesinos de su país natal… y sabía cómo ensartar y clasificar aquéllos y cómo convencer a éstos. A los absolutamente testarudos les regalaba lo que llamaba una «propina»…, es decir: después de que habían pagado el precio que él no había mencionado enseguida pero había deseado en secreto, les daba además un diminuto collarcito de coral, hecho de piedras baratas y destinado a los niños, para llevar en el bracito o al cuello y absolutamente eficaz contra el mal de ojo de vecinos envidiosos y brujas malintencionadas. Mientras tanto tenía que estar muy atento a las manos de sus clientes y evaluar sin cesar la altura y circunferencia de los montones de corales. "


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