El fiel Ruslán (fragmento)Gueorgui Vladímov

El fiel Ruslán (fragmento)

"Ingus escuchaba con atención, ladeando la cabeza como correspondía a un perro de su edad, pero en sus ojos había una seriedad en absoluto infantil. Y ya entonces, el primer día, todos advirtieron la tristeza en esos ojos ambarinos.
Él crecía y con él crecía su fama. Con increíble facilidad pasaba de un peldaño a otro, aunque, más que pasar, saltaba. Enjuto, elegante y gracioso, corría como una flecha a lo largo de las barras, superaba como si nada los obstáculos y trepaba las escaleras, saltó desde la primera vez a través del «aro de fuego», un marco de acero impregnado de gasolina y en llamas, y en el rastreo demostró un excelente olfato, tanto a ras de suelo como en el aire. También se reveló como un buen guardián, aunque no dio pruebas de suficiente ferocidad y parecía incómodo y turbado ante esos idiotas vestidos con sobretodos grises que trataban de arrebatarle el saco lleno de trapos que le habían dado en custodia. Aunque el saco y los trapos no le importaban un comino, no lograron distraerlo ni una vez y no pudieron acercarse a hurtadillas ni arrastrándose detrás de los arbustos para atacarlo desde atrás. Les demostraba que preveía sus triquiñuelas y los mismos hombres con sobretodos grises se sentían a disgusto cuando esos ojos de ámbar amarillo los miraban con tanta tristeza.
Dzhulbars comenzó a inquietarse en serio. Campeón reconocido en las especialidades de ferocidad y desconfianza, quería ser, sin embargo, el primero en todo, aun de olfato mediocre y desastre absoluto en el reconocimiento de sospechosos: cuando lo conducían junto a los prisioneros se enfurecía hasta tal punto que no distinguía los olores y se abalanzaba sobre el que tenía más cerca. Consideraba que si un perro no demostraba su valor durante una pelea, todas sus cualidades no valían nada, de modo que trataba de amedrentar y se enfrentaba a cualquier perro novato que amenazara con superarlo. Ni siquiera Ruslán había podido eludir el desafío de Dzhulbars y había experimentado el ímpetu de ese amplio pecho y de esa cabeza sólida como un tronco. Había acabado en el suelo dos veces, pero Ruslán no solo no se dejó morder sino que su adversario se ganó nuevas cicatrices además de las muchas otras que ya tenía en el hocico: Dzhulbars había reaccionado con cierta benevolencia e incluso había meneado la cola, estimulando al joven guerrero. Con Ingus todo fue de otra manera: se limitó a volverse, exponiendo su fino cuello a los mordiscos y, al hacerlo, sonreía con aire de burla, mostrando así lo que le parecían esos pasatiempos soldadescos. El viejo bandido, a tontas y a locas, le clavó los dientes en el cuello y ya estaba dispuesto a que corriera la sangre cuando se dio cuenta de que estaba violando la ley fundamental de un buen luchador, «Muerde, pero no a muerte», y se detuvo a tiempo, antes de que los otros perros se precipitaran sobre él. "



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