Calle de Echegaray (fragmento)Marcial Suárez

Calle de Echegaray (fragmento)

"Sobre la rutina gris de la familia —sebastianismo, música y poesía—, se cernía una neblina sutil y vagarosa en que se mecía, dulcemente, el alma de Tinita.
En algunos momentos se había preguntado si aquello sería el Amor, que ella gustaba de pensar así, con letra mayúscula; se lo había preguntado, y no podía hallar una respuesta definitiva. ¡Qué sabía ella, pobre criatura inocente! Pero si el Amor era tal como se pintaba en algunas páginas de literatura amable, que Tinita había leído en ciertas ocasiones, entonces ya podía opinar:
—Sí. Esto es el Amor, o le anda muy cerca.
Los síntomas, en verdad, no podían ser más elocuentes. Tinita no era la de antes. Las tareas de la casa — hacer una cama, barrer una habitación, zurcir un par de calcetines de su padre— las ejecutaba con la precisión de quien pone en juego los resortes de una máquina bien ejercitada, la pobre máquina de su organismo corporal; pero el alma se le iba toda en aquel tararear incansable de la música de Chopin:
«Tristeza de amor, bendita tú...»
La letrilla había pasado ya de moda, pero la música quedaba y quedaría siempre.
—Como queda todo lo que es eterno —se decía Tinita—. Como queda el Amor...
Por eso ella seguía tarareando, mientras cumplía los prosaicos deberes de cada día:
«Que eres sedante para mi inquietud...»
Y cuando después, sentada al piano, se entregaba a sus inefables sueños, las notas del Vals triste de Sibelius languidecían en el aire, como muertas de amor, y parecía que la casa y el mundo y el alma entera se le anegaban en una recóndita, gozosa desesperanza. Sentíase envuelta en una tristeza infinita, pero acogedora y tibia como el Amor mismo; porque Tinita era de suyo romántica, y porque, a su edad, el amor alegre parece casi una irreverencia, un pecado.
—¡Si Santiago hubiese vuelto! —suspiraba—. ¡Si, al menos, mis ojos le hubiesen visto una vez más!
Pero sus ojos no habían vuelto a verle, y el alma no tenía otro remedio que seguir meciéndosele, a todas horas, en la neblina sutil y vagarosa.
No había para Tinita otra realidad, fuera de aquélla que a nadie podía descubrir, aquélla que se le iba en músicas y en suspiros. ¡Cuántas veces un afán incontenible la llevaba a asomarse a la ventana! Allí, con la frente pegada a los cristales, miraba y miraba a la calle, y no podía ver más que un desfile incesante de seres ajenos a su pasión.
Veía, a lo largo, la calle de Echegaray. ¡La calle de Echegaray! No; entre aquellos hombres, bien sabía Tinita que jamás podría andar Santiago. El corazón se lo decía. Era verdad que una corazonada la había llevado a asomarse a la ventana, con la esperanza de ver pasar a Santiago por la Carrera de San Jerónimo, y no lo había conseguido. Pero al corazón no suele pasársele la cuenta de sus errores, y así puede la humanidad seguir diciendo que el corazón no se engaña nunca, cuando la verdad es que se engaña siempre, a no ser que esté bien informado.
Mientras ella amaba y sufría y esperaba en silencio, románticamente, sus padres no habían interrumpido las relaciones amistosas, tal vez obedeciendo a la sospecha de que su hija no se hallaba en condiciones de prestarles los buenos oficios de otras veces; y, sin contar con ella, sería muy arriesgado el lanzarse alegremente a un peligroso aislamiento. "



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