El diablo (fragmento)Marina Tsvetaeva

El diablo (fragmento)

"Existían únicamente en plural, porque nunca anduvieron de una en una, sino siempre de dos en dos, y aun con un solo cesto de bayas venían dos, una más joven y otra más vieja, apenas un-poco-más-joven y apenas un-poco-más-vieja, ya que todas ellas tenían una especie de edad colectiva – la edad de su propio número – entre treinta y cuarenta, y todas tenían un mismo rostro, bronceado, ambarino, y desde debajo del mismo borde, el del pañuelo – blanco, y el de las cejas – negro, os abrasaba el mismo ojo, colectivo, se inclinaba hacia la tierra el mismo gran párpado marrón con todo un cepillo de pestañas. También tenían un mismo nombre, colectivo, y no era siquiera un nombre, sino un patronímico: Kirílovnas, y a sus espaldas – las flagelantes.
¿Por qué Kirílovnas cuando no había existido Kiril alguno? ¿Y quién era ese Kiril? ¿Era en realidad su padre? ¿Y por qué había tenido de una sola vez tantas hijas? – ¿treinta?, ¿cuarenta?, ¿más? – ¿y ni un solo hijo? Porque aquel Cristo pelirrojo evidentemente no era hijo suyo, ya que de las Kirílovnas – no era hermano. Ahora yo diría: ese Kiril que tuvo tantas hijas existió únicamente como patronímico de las hijas. Pero entonces yo no me hacía preguntas al respecto, como tampoco me preguntaba por qué un barco se llamaba «Ekaterina». Era Ekaterina y punto. Eran Kirílovnas – y punto.
El fuerte sonido «flagelantes», que podía haber sorprendido por la discordancia con su seriedad y recato, yo me lo explicaba con los sauces debajo y detrás de los cuales ellas vivían como una bandada de pájaros de cabeza blanca, de cabeza blanca a causa de los pañuelos, de pájaros por la eterna cantilena de la nana, que nos llevaba por allí: «Y ése es el nido de las flagelantes» – sin reprobación, así, un simple registro de una de las etapas del camino que iba de la dacha de Pesóchnaia a Tarusa: «Hemos pasado la capilla… Y allá se ve el bebedero: es la mitad del camino… Y ése es el nido…».
El nido de las flagelantes significaba, de hecho, la entrada a la ciudad de Tarusa. El último – ¿después de cuántos? – descenso, la absoluta – después de tanta luz – oscuridad (total en un principio e inmediatamente después – verde), la repentina – después de aquel calor – frescura, después de la sequedad – la humedad, y, a lo largo del tronco bifurcado, profundamente arraigado en la tierra, como si de ella creciera, a través del frío negro ruidoso y rápido arroyo, detrás del primer seto a mano izquierda hecho con varitas de sauce, oculto tras los sauces y saúcos estaba «el nido de las flagelantes». Precisamente nido, y no casa, porque detrás de tanta maleza la casa estaba completamente oculta, y si de cuando en cuando se entreabría la puertecilla, el ojo, deslumbrado por tanta belleza y tanto rojo, sobre todo el de las grosellas, no advertía el tono grisáceo del alero de la casa, no lo notaba, como no notaba el propio ceño. Nunca se habló de la casa de las Kirílovnas, sólo del jardín. El jardín devoraba la casa. Si entonces hubieran preguntado qué hacían las flagelantes, yo, sin dudarlo, habría dicho: «Pasean por el jardín y comen bayas». "



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