Deudas y dolores (fragmento)Philip Roth

Deudas y dolores (fragmento)

"Por la mañana permanecí en la cama hasta que supuse que no quedaba nadie por utilizar el baño. Cynthia y Markie ya habían hecho una especie de carrera de relevos en el pasillo, pero ahora reinaba el silencio, e imaginé que estaban desayunando. Quería sorprender a Martha y aligerar su carga, y pensé que, antes de que me trajese la bandeja, iría a sentarme a la mesa, afeitado y bien arreglado, mostrándome a todos una vez restablecido. Aquella mañana comprendí lo que quieren decir las personas que afirman sentirse generosas. Con la actitud descarada no sólo de un convaleciente físico sino también de uno moral, me calcé sin ponerme los calcetines y fui al baño haciendo el menor ruido posible.
Las paredes del baño de Martha estaban cubiertas de carteles de viajes, dos de ellos para ocultar ventanas que daban a la escalera exterior y otro para enmascarar una grieta en el yeso que iba desde el techo hasta el lavabo. «¡Visite Suiza!» «¡Visite Francia!» «¡Visite Holanda!». Mientras me cepillaba los dientes, me sentí magnánimo hacia los tres países, sobre todo la pequeña Holanda, cuyas chicas con cara de porcelana y atuendo tradicional cuidarían para siempre de los tulipanes en la línea directa de visión de quien estuviera sentado en la taza. Tomé un cepillo que estaba en el estante sobre el lavabo. Apenas me lo había pasado por el pelo cuando las largas y rubias hebras del cabello de Martha me cubrieron la frente y las orejas. No experimenté ni un ápice de irritación. ¿Por qué tendría que haberla sentido?
Busqué una maquinilla de afeitar y encontré una en la jabonera de la bañera; la cuchilla estaba roma y me puse a buscar una nueva, sintiéndome, como sucede cuando uno se dedica a tareas triviales, en paz con el mundo. Tal vez porque estaba de tan buen ánimo, éste se desplomó cuando abrí el botiquín. Frascos sin tapón, tubos vacíos y aplanados, tarros abiertos, peines sin púas, un palito de naranjo para manicura roto, tres viejos y desmochados cepillos de dientes, horquillas para el pelo, píldoras y cápsulas esparcidas por todas partes. Tal vez hubiera una cuchilla de afeitar, pero ¿quién podría encontrarla en aquellos dos palmos cuadrados de caos? Curiosamente, la visión de semejante desorden fue como un cuchillo clavado en la manzana de mi bienestar. "



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