Amy e Isabelle (fragmento)Elizabeth Strout

Amy e Isabelle (fragmento)

"Los días se hacían más largos. Y más cálidos; la nieve se ablandaba poco a poco, dejando posos medio derretidos en los escalones y en las aceras, y en los bordes de las carreteras. Cuando Amy volvía a casa los días que se quedaba en la escuela a hablar con Mr. Robertson (tenía cuidado de salir a tiempo para llegar antes que su madre), la tibieza del día se había ido, y aunque el sol todavía brillaba como una hostia blanca y evanescente en el cielo lechoso, ella podía sentir, al caminar, con el abrigo abierto y los libros abrazados, el frío húmedo calándole el cuello desnudo, las manos y las muñecas. El cielo del final de la tarde sobre el campo de Larkindale, el muro de piedra que desaparecía tras una cuesta blanca, los troncos oscurecidos bajo la nieve que se derretía, todo anunciaba la primavera. Hasta las pequeñas bandadas de pájaros que cruzaban el cielo ofrecían una promesa con la forma silenciosa en que batían las alas.
A Amy le parecía que una barrera se había roto, que el cielo era más alto que antes, y, a veces, si no estaba pasando ningún coche, levantaba el brazo y lo agitaba en el aire. Se sentía llena de alegría al evocar los ojos entrecerrados y risueños de Mr. Robertson, y tenía una noción confusa y apremiante de todo lo que había querido y había olvidado decir. Pero, en su interior, también había pequeños retazos de tristeza, como si algo oscuro y vacilante se asentara en lo hondo de su pecho; a veces, al llegar al paso elevado, se detenía a contemplar los coches que corrían deprisa por la autopista, desconcertada por un sentimiento de pérdida, e intuía que este sentimiento estaba vinculado con su madre. Se apresuraba entonces a volver a casa, ansiando ver alguna señal de su madre en la casa vacía: las medias colgadas de la ducha, el talco de bebé en la cómoda; estos objetos la tranquilizaban, al igual que el ruido que hacía el coche al doblar en la grava de la entrada. Todo estaba bien. Su madre ya estaba en casa.
Y sin embargo la desilusionaba la presencia misma de su madre, sus ojos pequeños y ansiosos al cruzar el umbral, la mano pálida que revoloteaba tras unas hebras de pelo que se habían soltado del gastado moño a la francesa. A Amy le costaba identificar a aquella mujer con la madre que había estado echando de menos. Como se sentía culpable, corría el riesgo de mostrarse demasiado solícita. «Esa blusa te queda muy bien, mamá», decía, y se estremecía por dentro ante la desconfianza momentánea de los ojos de su madre, una desconfianza tan fugaz que ni Isabelle era consciente de ella; pasarían meses antes de que Isabelle recordara aquellas primeras chispas de advertencia que habían titilado en los confines de su mente. "



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