Bajo el árbol de los Toraya (fragmento)Philippe Claudel

Bajo el árbol de los Toraya (fragmento)

"Eugène miraba a su alrededor como si estuviéramos ante un espectáculo mágico. Era un bar lúgubre, de una fealdad remarcable, con suelo de baldosas beige y mesas y sillas de plástico verde, como las que se ven detrás de las casitas del extrarradio, cerca de una barbacoa de hormigón. Los fluorescentes circulares del techo arrojaban sobre nosotros una luz de acuario y, en las paredes, espantosos paisajes estilizados, en carey y falso nácar, representaban arrozales y puentes sobre lagos. Los ojos de Eugène brillaban de alegría. Se posaban sobre las cosas, «las cosas de la vida», la vida que sabía que estaba desapareciendo poco a poco bajo sus pies, retirada como una alfombra vieja por una mano indiferente, una mano que se limitaba a hacer su trabajo.
La campanilla de la puerta sonó con un tintineo áspero y decrépito, como los que aún pueden oírse en las películas de entreguerras. Entró una pareja. El hombre era muy alto, un anciano flaco con un sombrero flexible de fieltro oscuro que se quitó de inmediato. Debía de pasar de los ochenta. La mujer no era tan mayor, pero casi. Se dirigieron sin vacilar hacia una mesa, como si fueran clientes habituales, se sentaron sin quitarse los abrigos y empezaron a hablar animadamente en voz baja, en una lengua que me pareció centroeuropea. Parecían dos conspiradores, lo que, dada su edad, resultaba más cómico que inquietante.
Dejé de mirarlos para volverme hacia Eugène. En ese momento advertí que mi amigo parecía fascinado por el anciano, al que no quitaba ojo. Posé una mano sobre la suya, que estaba fría e hinchada. No reaccionó. Empecé a acariciársela. Poco a poco, Eugène se volvió hacia mí, aunque al principio sus ojos no me vieron. Luego pareció salir de un sueño. Lo miré con el ceño fruncido. "



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