Cultura y anarquía (fragmento)Matthew Arnold

Cultura y anarquía (fragmento)

"Habiéndome educado en Oxford en los viejos y malos tiempos, cuando nos atiborrábamos de griego y Aristóteles sin pensar en prepararnos, mediante el estudio de las lenguas modernas —como después del gran discurso del señor Lowe en Edimburgo haremos—, para librar la batalla de la vida con los camareros de hoteles extranjeros, mi cabeza sigue llena de un montón de frases que aprendimos de Aristóteles en Oxford, acerca de la virtud en el término medio y sobre el exceso y el defecto, y cosas por el estilo. En una ocasión tuve el privilegio de escuchar los debates sobre la reforma en la Cámara de los Comunes y, después de haber oído a unos cuantos portavoces interesantes, entre ellos un conocido lord y un conocido baronet, recuerdo que me impresionó, aplicando la maquinaria del término medio de Aristóteles a mis ideas sobre nuestra aristocracia, que el lord fuera exactamente la perfección, o feliz término medio, o virtud, de la aristocracia, y el baronet el exceso. Imaginé que, observándolos, podríamos comprobar tanto la inadecuación de la aristocracia para proporcionar el principio de autoridad necesario para nuestras demandas actuales, como el peligro de que trate de hacerlo aunque no sea competente para ello. Por una parte, en el brillante lord, en el que resplandecía un elevado espíritu, admirable, por encima y más allá de su dote de elevado espí­ritu, por el hermoso temple de su elevado espíritu, por el aplomo, la serenidad, el refinamiento —las grandes virtudes, como dice Carlyle, de la aristocracia—, en ese hermoso y virtuoso término medio, era evidente cierta insuficiencia de luz, mientras que, por otra parte, el digno baronet, en el que el elevado espíritu de la aristocracia, su impenetrabilidad, su desafiante valentía y orgullo de resistencia se desarrollaban incluso en exceso, era manifiestamente capaz, si se le daba la oportunidad, de causarnos un grave peligro y, de hecho, de arrojar confusión sobre toda la comunidad. Me volví entonces a mi vieja noción fundamental sobre la honradez como gran mérito de nuestra raza. La impotencia de nuestra aristocracia o clase gobernante al tratar con nuestra perturbada condición social, su recelo a confiar demasiado poder al Estado en la forma en que ahora existe —es decir, para sí misma—, me causó una especie de orgullo y satisfacción, porque comprobé que era, en conjunto, demasiado honrada para tratar y manejar un asunto para el que no se sentía capaz. "


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