El fin del mundo (fragmento)TC Boyle

El fin del mundo (fragmento)

"Joost no contestó. Sus negros ojos saltones quedaban ocultos por el ala de su sombrero, y la afilada barbita le colgaba de la barbilla como una cadena. Su postura irregular le curvaba la espalda como si fuera una hoz, y se sentaba tan abajo en la silla que sólo se advertía su llegada por la exuberante pluma que se agitaba entre las orejas de su caballo. No contestó porque se sentía de un humor de perros. Estaba en el último confín de la tierra, el cielo era como un jarrón roto, y la nieve moteaba su negra capa hasta hacerle parecer un olykoek espolvoreado de azúcar. Y todo aquello ¿para qué? Para escuchar el parloteo del gordo, colorado y pomposo asno que iba junto a él, y meter a un chico al que faltaba una pierna en las fauces de un mundo inmenso, yermo e incivilizado. Carraspeó ruidosamente y escupió con disgusto.
Cuando llegaron al desnudo y blanco roble que en mejores tiempos había dado sombra a la casa de los Van Brunt, la nevada había empezado a disminuir y la temperatura había bajado otros cinco grados. A su izquierda, frente a la vasta extensión de bosque, se alzaba el inacabado muro de piedra que había empezado a construir Wolf Nysen antes de enloquecer, asesinar a su familia y largarse a las colinas. Les había rebanado el cuello mientras dormían —a una hermana, a su mujer y a sus dos hijas—, y luego las había dejado pudrirse. Cuando el predecesor de Joost, el viejo Hoogstraten, las encontró al fin, estaban tan descompuestas que parecían papilla. La gente decía que el sueco debía de andar por allí, en alguna parte, viviendo como un piel roja, envuelto en pieles y matando conejos con las manos. Joost miró a su alrededor, incómodo. Justo enfrente yacían los restos carbonizados de la cabaña agujereando la piel de la nieve como una fractura múltiple. "



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