Cáscara de nuez (fragmento)Ian McEwan

Cáscara de nuez (fragmento)

"Fuera de estas paredes cálidas y vivas, una historia glacial fluye hacia su horrendo desenlace. Las nubes de mediados de verano son densas, no hay luna ni la más leve brisa. Pero mi madre y mi tío están provocando una tormenta invernal. Descorchan otra botella y luego, demasiado pronto, otra más. Soy arrastrado por la corriente de la borrachera, mis sentidos emborronan sus palabras pero capto en ellas la forma de mi perdición. Figuras de sombra sobre una pantalla sanguinolenta debaten con su destino una lucha desesperada. Las voces se alzan y caen. Cuando no acusan o atacan, conspiran. Lo que dicen gravita en el aire, como un esmog pequinés.
Esto acabará mal y la casa también nota la ruina. En pleno verano, el vendaval de febrero gira y rompe los carámbanos que cuelgan de los canalones, bate los ladrillos romos de los remates de los aguilones, arranca las pizarras –esas pizarras en blanco– de los tejados voladizos. Este frío introduce sus dedos por la masilla podrida de los cristales sucios, irrumpe por los desagües de la cocina. Tirito aquí dentro. Pero esto no tendrá fin, el mal será interminable hasta que terminar mal parezca una bendición. Nada se olvidará, nada será eliminado. Una sustancia hedionda persiste en recodos invisibles a los que no puede acceder el fontanero, flota en los roperos donde Trudy guarda los abrigos de invierno. Este hedor tan sólido nutre a los ratones tímidos por detrás de los zócalos y los engorda tanto que los convierte en ratas. Los oímos roer y oímos sus maldiciones levantiscas, pero nadie se extraña. A intervalos, mi madre y yo nos retiramos para que ella se acuclille y gima y mee copiosamente. Siento que su vejiga se contrae contra mi cráneo y noto alivio. De vuelta a la mesa, más intrigas y largas arengas. Era mi tío el que maldecía, no las ratas. La que roía era mi madre comiendo los frutos secos salados. Ella come incesantemente por mí.
Aquí dentro sueño con mis derechos: seguridad, paz ingrávida, indolencia, ningún delito ni culpa. Estoy pensando en lo que mi reclusión debería haberme dado. Me acosan dos ideas opuestas. Las oí en un podcast que mi madre dejó encendido mientras hablaba por teléfono. Estábamos en el sofá de la biblioteca de mi padre, otro mediodía sofocante, con las ventanas abiertas de par en par. El aburrimiento, decía el tal Monsieur Barthes, no dista mucho de la dicha; uno considera el tedio desde las orillas del placer. Exactamente. La condición del feto moderno. Pensémoslo: no debe hacer nada más que ser y crecer, y el crecimiento apenas es un acto consciente. La alegría de la pura existencia, el tedio de los días iguales unos a otros. La felicidad prolongada es el auténtico aburrimiento existencial. Este confinamiento no debería ser una prisión. Aquí dentro se me deben el privilegio y el lujo de la soledad. Hablo como un inocente, pero imagino un orgasmo prolongado hasta la eternidad; sufrirás aburrimiento en el reino de lo sublime. "



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