El bosque infinito (fragmento)Annie Proulx

El bosque infinito (fragmento)

"Mari tenía colgadas desde hacía varios días seis agachadizas que alcanzaban ya el grado de descomposición alucinógeno que tanto agradaba a Monsieur Trépagny. Asó las aves, las puso en un gran cesto, añadió una pierna fría de venado y cuatro raciones de esturión al vapor. René pensó que ésa era una cena que el seigneur no merecía. Chama, que venía mostrándose muy atento con la doncella española, lo transportó todo en la carreta de bueyes, con la vaca amarrada detrás. Para su propia cena, Mari plantó en la mesa una fuente de anguilas calientes, acompañadas de salsa de camalote. Había hecho pan por la mañana y servido una hogaza, junto con la poca mantequilla que quedaba, lamentablemente, a causa de la pérdida de la vaca.
Mari, paseándose entre la mesa y el fuego vestida con su túnica de piel de ciervo, tenía el mismo aspecto de siempre, pero sirvió a René la anguila más hermosa y le rozó la mano. Cuando los niños salieron al wikuom, ella preparó un camastro ante la chimenea y se quitó el holgado vestido. Permaneció desnuda a la luz del fuego: la primera mujer desnuda que René veía, no una india desechada que le habían endilgado, sino una mujer fuerte y bien proporcionada.
Mari se tumbó en el camastro y esperó.
René se desvistió, consciente de su hedor a mugre. Se acostó junto a Mari, que rodó hacia él. Sentir el contacto de su piel cálida y sedosa tuvo un efecto sumamente poderoso. Desde que Achille y él se habían entrelazado y susurrado y probado todo aquello que se les había ocurrido probar, no experimentaba la asombrosa excitación de sentir otro cuerpo desnudo contra el suyo. La elasticidad de Mari, la dureza de sus músculos, su olor a pan, anguilas del río y plantas amargas lo enardecieron. Mari no era Achille, pero René pensó en su hermano cuando pasó a la acción.
Por la mañana, Mari dijo: «Tú bien», se levantó, se puso el vestido de piel de ciervo con sus dibujos deslavazados y encendió el fuego.
Con repentina lucidez, René cayó en la cuenta de que la expresión impasible de Mari era reflejo de la aceptación serena y el conocimiento de las turbulencias y zarpazos de la vida, actitud que en cierto modo coincidía con su propia convicción de que él mismo flotaba como una hoja seca en los vientos del cambio. Ella tenía respuestas a las preguntas más incómodas, porque los mi’kmaq llevaban muchas generaciones examinando el mundo con una imaginación ilimitada. Durante meses y años aprendió de ella. Su relación con Mari se convirtió en un matrimonio no sólo de cuerpos, sino también de inteligencias. "



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