El diablo en México (fragmento)Juan Díaz Covarrubias

El diablo en México (fragmento)

"Era una de esas miradas húmedas, vagas, silenciosas, que resultan de la dilatación de la pupila. La nariz, es decir, el órgano que menos se puede poetizar, era recta y fina, la boca carmina y pequeñita, y cuando se entreabría formando una sonrisa de una triste dulzura y dejando ver los dientes, a nada se podría comparar con más exactitud que a una conchita llena de perlas. Reposaba aquella cabeza sobre un cuello blanquísimo, graciosamente inclinado sobre una estatura ni demasiado alta ni demasiado pequeña, pero exquisitamente delicada como el tallo de una sensitiva. Había una cosa que llamaba más la atención, y era la dulce expresión de aquella fisonomía pensadora y rêveuse, como si la joven acostumbrara a menudo sumergirse en esos éxtasis en que el alma desprendiéndose de la cárcel del cuerpo, se lanza a las etéreas regiones del espiritualismo. Los tales éxtasis son en verdad una enfermedad como cualquier otra, y muy peligrosa y por cierto, sobre todo para las jóvenes de dieciocho años, enfermedad que ataca su alma, e imprime a su rostro un triste y particular sello de melancolía. Un francés al ver a aquella joven hubiera exclamado con entusiasmo: ¡Oh! c’est une vièrge. Un inglés habría dicho muy serio y sin que se contrajese un solo músculo de su cara: Indeed is the most beatiful woman that I have seen. Un italiano la habría llamado Sorella degli angele, y un alemán Himels tochler. En cuanto a un ruso, habría proferido algunas palabras acabadas en off o en owsky. Nosotros únicamente lo que decimos es que era muy hermosa. Vestía un traje riquísimo de gros moirè azul claro, y por un alfiler de brillantes se prendía a sus suaves cabellos una mantilla negra de finísima blonda, sus manos pequeñas y delgadas se encerraban en unos guantes de Jouvin color de paja, y el libro de oraciones en que leía, era de marfil con incrustados de oro. Y aunque decimos que leía, esto no impedía el que usando de ese privilegio que tienen todas las mujeres de ver mejor con el rabo del ojo que de frente, observase sin apartar la vista del libro a un joven que a dos varas de ella se reclinaba ligeramente sobre la reja de la capilla. Era un joven de veintitrés años, muy pálido, con cabello y finos bigotes castaños, ligeramente rizados, con una frente convexa y ancha, como la suelen tener los poetas y los hombres de genio, con unos ojos de color azul oscuro, y una fisonomía en general llena de distinción y varonil hermosura. Su estatura era fina y esbelta. Estaba vestido con exquisita elegancia, y con una de sus manos pulidamente enguantadas tenía un ligero bastón con puño de oro. Sus ojos no se separaban de la joven, que a veces cuando estaba segura de no ser vista por su admirador, levantaba tímidamente los suyos y le lanzaba una mirada rápida y disimulada. "


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