El revés del alma (fragmento)Carla Guelfenbein

El revés del alma (fragmento)

"Yo estaba cansada, inmensamente cansada cuando Elinor se cruzó en mi camino y me convidó a pasar una temporada con ella a su residencia de campo en las cercanías de Cambridge. En los cuatro meses anteriores, yo apenas había parado en Londres, viajé por diferentes ciudades de Europa haciendo fotos para diversos medios, algunas interesantes, aunque la mayoría bastante inocuas. En lo que se refería al estado de mis sentimientos, había emprendido también unos cuantos viajes amorosos, sin demasiada trascendencia, pero igualmente agotadores. Al proponerme Elinor que me fuera con ella, me prometió que en su residencia podríamos levantarnos tarde, almorzar en la terraza mirando el gran parque, caminar en el crepúsculo entre los árboles, leer y conversar de arte. Podría, además, si me esmeraba, echar a andar ese proyecto fotográfico del cual le había hablado hacía un tiempo. Su proposición era irresistible. Yo usufructuaría de su espléndida vida y ella de mi energía para mantenerse a flote.
Elinor tiene una compulsión por tomarse cuanta píldora encuentra en su camino, una para dormirse, otra para levantarse y unas cuantas para relajarse, concentrarse y olvidarse. No te imaginas el arsenal de drogas que guarda en su baño. A veces estas combinaciones la fulminan y es capaz de pasarse días sin despegar la cabeza de la almohada ni pronunciar frase coherente.
Muchas veces nuestro contacto hacía que los abismos de su mente se alejaran. Sobre todo las noches que ella se introducía en mi cama. A pesar de nunca haber abierto los ojos cuando ella me tocaba, yo sabía que en su rostro rondaba la muerte en la forma de algún somnífero, combinado con algún otro fármaco y grandes cantidades de alcohol. Presentía las minúsculas arrugas de su rostro, por donde hilachas de sudor bajaban hasta su cuello, ese cuello largo, lleno de senderos rocosos, venas, tráquea, sangre. Era mejor quedarse en tinieblas, imaginar cualquier cosa o no imaginar nada. Como sea, no tenía corazón para empujarla fuera de mi cama, para rechazarla y arrojarla a su peligroso vacío. Me dejaba en cambio llevar por sus manos hábiles, explorándome, su cuerpo todavía ágil meciéndose sobre el mío, besándome en el otro extremo de mí, a un ritmo perfecto, y de pronto, con más viveza moviendo los dedos y friccionando en ese exacto lugar que muy pocos hombres distinguen, agitándome con tal precisión e intensidad que a veces me hacía gemir. Podía oír mi propia voz distorsionada por los espacios desocupados de la gran residencia, que volvían en forma de ecos cuando Elinor me soltaba y una ola recorría palmo a palmo mi cuerpo. Después, en silencio, ella salía del cuarto y al día siguiente yo la despertaba como si nada hubiera ocurrido. "



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