Hígado de ganso (fragmento)Antonio Sarabia

Hígado de ganso (fragmento)

"Mi amigo vive, a su pesar, entre ellos. Y a su pesar compra a menudo en ese expendio de la esquina, donde nadie aprecia su presencia. Ahí gasta casi todo su salario porque a Salim le encanta cocinar, tiene dotes para ello, y no es de los que titubean en hacerlo para sí mismos cuando se encuentran a solas. Le ayuda a matar el tiempo, me dice, a distraerse. Por eso le fascina el olor y la limpieza del sitio, la disposición de frascos y paquetes. Las etiquetas de las botellas impecablemente alineadas en los estantes. Los soberbios vinos, con las grandes cosechas de Borgoña y de Burdeos. Las hileras de fina latería en las que se pueden encontrar desde trufas perigurdinas hasta huitlacoches mexicanos. La esmerada selección de los productos naturales, su frescura y pulcritud. Se le hace agua la boca en cuanto entra. Tienen, me dice arrobado, los mejores espárragos que ha comido en su vida.
Pero al acercarse a pagar se enfrenta a un oscuro sentimiento de rechazo. Como si su dinero tuviera menos valor que el de otros clientes. Cada vez que se detiene ante la caja le asalta la oscura impresión de que la dueña le va a requerir su habitual bolsa de mano para revisar el contenido. Esos pensamientos negativos, que de algún modo se translucen en su rostro, deben de haber contribuido al vergonzoso incidente que me he propuesto relatarles.
Una tarde, Salim bajó a buscar setas y aceite para preparar un rodaballo que se había prometido a sí mismo como cena. Un elegante cartel, a la entrada del local, anunciaba el producto del mes: unos hígados de ganso, en semiconserva, orgullosamente colocados sobre la parte más alta de una de las estanterías del fondo, bien a la vista de todos. Salim había reparado en ellos desde unos días antes, porque le habría gustado servir uno a sus amigos, en rebanadas, como abrebocas, con un poco de pan tostado todavía caliente y una copita de Sauternes. La promoción, observó al pasar, había tenido éxito. Ya nada más quedaba un pomo en la repisa. Se acercó a fisgonear el precio de aquel postrer ejemplar de la gastronomía del sudoeste. Como sospechaba, la cifra en la etiqueta lo ponía fuera del alcance de su bolsillo. Observó que la dueña le espiaba a distancia y sintió vergüenza al reponer el frasco en su lugar. Hubiera querido ser capaz de pagárselo, llevarlo sin fijarse en el costo, para demostrarle que él no era menos que los otros compradores. "



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