Central eléctrica (fragmento)Jesús López Pacheco

Central eléctrica (fragmento)

"Aquel ruido continuado, subterráneo, lo llenaba todo. Nacía de la tierra acaso. Más que el ruido producido por los alternadores, parecía el de las raíces absorbiendo vida de la tierra húmeda, el de la savia al ascender por los troncos, enormemente amplificado por la resonancia del valle.
Se oía vivir a las cosas, a las plantas y a los hombres desde kilómetros. Era un ruido de vida, bronco, alegre y trágico, a cada segundo muriendo y renaciendo a cada segundo. Lo producían los alternadores girando a miles de revoluciones por minuto. A todas las casas llegaba. Lo oían las mujeres mientras fregaban, cosían, hablaban: «Nuestros maridos, nuestros hijos y hermanos siguen trabajando. Nada pasa», quería decir. Los niños lo oían también, acostumbrados a él como a una manifestación de la naturaleza. No les impedía jugar, no les entristecía. Los alternadores eran seres míticos para ellos, tenían algo de monstruo gigantesco y algo de mago bueno repartidor de luz. Algunos domingos, después de la misa, iban de la mano de sus padres a verlos. Bajaban en el «plano inclinado» hasta el fondo del valle, al pie de la presa. El ruido deslizante por los cables de acero. El chirriar de las ruedas sobre las vías. La pequeña caseta gris, a mitad de camino, de la que salían hilos hacia arriba. Las finas tuberías que saltaban entre las rocas, apoyadas en soportes de madera o de cemento. Había algo irreal, extraño en aquel descenso. Crecía la presa, el ruido se hacía más potente y vibrado, iba adquiriendo una densidad maciza. Al otro lado de la presa, agua. Los niños se asustaban de esto, sobre todo. Saber que detrás de aquella gran pared de cemento había agua, mucha agua que llegaba hasta muy lejos, todo por encima de sus cabezas. Cada vez les parecía más alta la presa y menos pequeños los hombres que entraban y salían del edificio de la central. "



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