El campanero de San Sebastián (fragmento), de Brillan monedas oxidadasJuan Eduardo Zúñiga

El campanero de San Sebastián (fragmento), de Brillan monedas oxidadas

"La primera vez que subió a la torre quedó deslumbrado por la luz y por el extenso espacio de tejados y torres que le rodeaba y tuvo un impreciso recuerdo de algo parecido, mas no tardó en desentenderse de ello para fijarse en los profundos surcos que eran las calles entre las casas, y más allá, la inmensidad de la llanura que circundaba la ciudad, campos yermos, calcinados por los calores del verano. A lo lejos, una mancha verde de encinas y alcornoques y al fondo, el perfil azul transparente de una sierra.
El campanario, con basura acumulada por ser cobijo de aves, con gruesas telarañas en las vigas del techo, atravesado de vientos, de humos de chimenea, era como un alto mirador cerrado por las rejas que evitaban caer al campanero si le arrastraba el vaivén de la campana.
Con su paso inseguro subía los escalones de madera desgastada y lo debía hacer varias veces al día y aun tardaba mucho más en bajar de forma que el párroco aceptó que se quedara arriba, día y noche, y mediante la cuerda, el sacristán le daría la orden de repicar, ya fuera el ángelus o maitines. Se pensó que una vieja mendiga, de las habituales en el atrio, le subiría agua y algo de comer de la cocina del párroco y sería la encargada de llevarse el vaso de las necesidades, y así fue hecho.
Sólo un día, al anochecer, él vio que por el hueco del suelo donde empezaba la escalera de bajada, aparecía una cabeza con bonete y en seguida unos hombros: era el diácono que le dio protección; le miró con los ojos fijos, los labios firmes y al respetuoso saludo de su protegido, no respondió. Le contempló un rato y luego su cabeza desapareció y nunca volvió a subir al campanario. Tampoco nadie más.
Pasaron meses: si hacía frío, se arrebujaba en un trozo de manta y en un haz de paja que le dieron; si hacía calor, miraba el vuelo de los pájaros que cruzaban cerca y escuchaba lejanos sones de trompeta de un cuartel o bien le llegaban los del órgano del convento de la Magdalena.
La anciana mendiga debía de emplear mucho tiempo en subir tantos escalones pero diariamente emergía de la abertura del suelo, final de la escalera —encorvada, consumida, cubierta de harapos remendados—, llevando la comida y un cantarito con agua, y lo dejaba junto al camastro. No se hablaban ni se miraban o sólo alguna vez ella dijo entre dientes algo referente al sacristán: luego se ajustaba el pañuelo a la cabeza, se santiguaba y, tambaleándose, desaparecía. "



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