Buscando a Caleb (fragmento)Anne Tyler

Buscando a Caleb (fragmento)

"La novia de Duncan trabajaba de dependienta en una tienda de baratijas y se llamaba Glorietta de Merino. A una edad en la que todas las muchachas bonitas llevaban faldas cortas, la de Glorietta se arremolinaba justo por encima de sus tobillos. Tenía una voluminosa y ondulada cascada de pelo negro y un rostro bonito y vivaracho. En sus pestañas parecía haber cristales de azúcar. Tenía una cintura diminuta y los pechos perfectamente cónicos, como los altavoces de radio que Duncan estaba construyendo en el sótano. Cualquiera que hablara con ella parecía dirigirse a los altavoces, el abuelo Peck incluido, tal y como Justine advirtió cuando Glorietta fue un domingo a comer. Duncan fue el único que disfrutó en esa comida. Hasta Glorietta tuvo que haber sospechado que las cosas no iban lo que se dice del todo bien, porque desde entonces nunca más se la volvió a ver en ninguna casa de los Peck. En su lugar se instaló en el coche de Duncan, un Graham Paige de 1933 que le había costado cuarenta dólares y que despedía un sospechoso olor a cerveza. Siempre que el Graham Paige estaba estacionado fuera —una deshonrosa mancha verde en la fila de los Ford—, a través de la ventanilla podía vislumbrarse un destello del vestido rojo de Glorietta. Cuando Duncan enseñó a conducir a Justine, Glorietta iba en el asiento de atrás como una manta de viaje o un termo, como formando parte del coche. Tarareaba y hacía explotar globos de chicle, ignorando los cambios de marcha chirriantes y las disputas y los cuasi accidentes. Después, cuando Justine ya había aprendido las nociones elementales de conducción, Duncan se sentaba en el asiento trasero también. Justine miraba por el espejo retrovisor y veía cómo Duncan pasaba despreocupadamente su brazo alrededor del cuello de Glorietta mientras observaba con el rostro tranquilo el paisaje que iban dejando atrás. Justine pensaba que ella nunca podría sentirse tan relajada con alguien que no fuera de la familia.
Una vez, cuando la escuela organizó una subasta benéfica, le pidieron a Justine que se encargara del puesto de adivinación, de la que ella no entendía ni torta. Una vieja y extraña profesora de biología la envió a ver a una pitonisa llamada Olita. «Es mi adivina», dijo, como si todo el mundo debiera tener una, «y te enseñará lo suficiente para salir del paso.» Duncan y Glorietta acompañaron con el coche a Justine hasta una tintorería situada en la zona este de Baltimore, y se quedaron aparcados a esperarla. Olita tenía un cuarto en el piso de arriba, tras una puerta de vidrio biselado que rezaba: Madame Olita descubre su destino. Justine empezó a pensar que no era una idea muy buena. Regresó en dirección al coche con el propósito de decirle a Duncan que había cambiado de opinión, pero se lo encontró mirándola cara a cara, medio sonriendo, con un destello en los ojos. Le recordó aquella vez que se había colgado de la rama de un árbol. Volvió a subir las escaleras. "



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