El rodaballo (fragmento)Günter Grass

El rodaballo (fragmento)

"Así pues, ése fui yo. ¿Y no el siempre prófugo frailecillo, pinche de cocina y compañero de lecho? El rodaballo debe saberlo. Y si Margret no hubiese reaccionado ante los padres y todo lo paterno tan ofensivamente y, en toda ocasión, con pedos de menosprecio, habría sido con gusto su padre y podría sentirme orgulloso de mi enorme hija, aunque ella sólo me dio su compasión y su sopa de callos. En cualquier caso, el rodaballo me aconsejó entregar a la niña, apenas hubiera sido destetada de la cabra, a las piadosas mujeres del convento de Santa Brígida. Con ese consejo quiso ayudarme. Sin embargo, severamente interrogado por el tribunal, dio otras razones.
«¡Por favor, mi distinguida acusadora, señoras mías que me juzgáis! Por pura conciencia social —para ayudar a aquel pobre zoquete— nunca hubiera dado un consejo tan cargado de consecuencias. Para decir la verdad: al ponerla a salvo en el convento, quise dar a la pequeña, aunque luego tan sabrosamente metida en carnes Margareta, toda la libertad posible. Porque si no, ¿qué hubiera sido de ella? Habría tenido que casarse con algún calderero no agremiado. Abrumada por la crianza de los hijos y las estrecheces domésticas, se habría consumido en la Empalizada. El camastro conyugal no le habría proporcionado placeres sensuales, sino monótonos revolcones apresurados. Un destino entonces corriente. Porque las mujeres de la llamada época de la Reforma eran en eso poco afortunadas, tanto si tenían que presentar la bolsita a sus maridos al estilo católico como al protestante. Las únicas mujeres libres eran las monjas, y quizá también las putillas del Barrio del Pebre porque se habían organizado de una forma igualmente estricta y podían elegir sus abadesas, más tarde llamadas, peyorativamente, matronas. No eran las esposas regañonas y celosamente guardadas, no, sino las monjas y las putillas las que practicaban esa solidaridad femenina que hoy, en congresos y manifiestos, se reivindica con razón. Sin pretender mezclarme en los asuntos del movimiento feminista, ruego a este Alto Tribunal, por el que tengo el honor de ser juzgado, que reconozca que, si no en los burdeles medievales, al menos en la vida monjil de los monasterios de aquel tiempo hubo un grado sorprendente de emancipación femenina. Mi consejo, dado a un mastuerzo de herrero, abrió al sexo femenino, como demuestra la carrera de la monja Margareta Rusch, zonas liberadas que, en la época actual —seamos sinceros, señoras—, siguen estando o vuelven a estar cerradas. "



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