Criados y doncellas (fragmento)Ivy Compton-Burnett

Criados y doncellas (fragmento)

"Magdalen llevó otro a su madre en forma aún menos conspicua, ya que lo necesitaba menos.
Gertrude Doubleday era una mujer alta y maciza de sesenta y ocho años, facciones sólidas y pequeños ojos claros siempre alertas. Se le suponía cierta semejanza con George Eliot, y aunque sabía que la fisonomía de la escritora no era su punto fuerte y no estaba descontenta de la propia, esa semejanza le brindaba satisfacción y se sentía complacida cuando un retrato que había en la pared llamaba la atención sobre ella. Magdalen se parecía a Gideon, pero su rostro era más suave y menos expresivo, con falta casi anormal de expresión. A los treinta y ocho años, mantenía aún un aspecto juvenil y una voz que también lo era. Estaba hecha según el molde generoso de Gertrude y se movía con cierta pesadez agradable que le era muy propia. Los servicios que prestaba a su familia se le aparecían como la misión de su vida, y la ilusión no podía disiparse porque se aferraba a ella. Tanto ella como Gideon se cansaban fácilmente y necesitaban de muy poco para llenar sus días. Aceptaban esta satisfacción y la sorpresa de los demás ante ella, lo mismo que aceptaban la opinión de su madre de que tenían todos los motivos para no desear más. La energía de Gertrude los dominaba y la veían como a otra fuerza natural. Se les creía muy apegados a su madre, y compartían o aceptaban este concepto. Gertrude no amaba a sus hijos menos que otras madres, pero se amaba más a sí misma. Su camino estaba señalado por crisis personales de las que extraía un ímpetu y un vigor que se agotaban con el tiempo. Se alegraba de que su hijo permaneciese soltero, ya que le agradaba contar con su devoción, que todos conocían. Apreciaba en menor grado el cariño de su hija, o lo consideraba tal vez inferior, pero su deseo de verla casada no enturbiaba su satisfacción de ser el único miembro de la familia con completa experiencia de la vida. Gertrude era capaz de competir con sus hijos. Su vitalidad no titubeaba ante nada. La contribución de su hijo a los gastos de la casa, añadida a su renta, llenaba sus necesidades y los cuidados materiales no formaban parte de su vida. Decía que tenía motivos para sentir gratitud, y ponía en este sentimiento el mismo vigor que en otras emociones más instintivas. "



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