La felicidad conyugal (fragmento)Tahar Ben Jelloun

La felicidad conyugal (fragmento)

"Se sentía muy mal, pero estaba convencido de que bastaría con marcharse de aquel país para ponerse bien. Al cabo de una semana, consiguió cambiar el billete de avión y llegó muy enfermo a París. Dolores sordos y persistentes le atenazaban el pecho y los pulmones. Entró en el servicio neumológico del Hospital Cochin, donde le administraron unos potentes antibióticos. Ninguna mejoría. Al contrario, su estado empeoró. Lo ingresaron en urgencias pues se estaba asfixiando. Vio a la muerte de frente: no tenía rostro y despedía un olor penetrante a lejía, éter y vapores de cocina, había cruzado varios pasillos hasta llegar a él. Le pusieron oxígeno y tuvo que estar unas horas en la sala de espera de urgencias, hasta que quedase libre una cama en el servicio correspondiente. Por la noche, lo trasladaron al pabellón de enfermedades tropicales. Tuvo una suerte enorme. Un joven médico jefe le preguntó: «¿Ha estado usted recientemente en Asia?». Asintió con la cabeza. Súbitamente, notó como si los olores fúnebres se disiparan y se alejara el espectro de la muerte. El médico, en un tono misterioso, le dijo: «¿Ha comido usted mariscos crudos?». Recordó haber visto una gamba en la ensalada del figón chino. «Ha cogido usted un parásito que sólo existe en Asia, infecta los crustáceos y ataca los pulmones. Creo que tiene usted una distomasia pulmonar o paragonimiasis, por el nombre del parásito Paragonimus Miyazaki». Le dio en seguida dos comprimidos. Antes de marcharse, le dijo: «Si no consigue dormir, le administrarán somníferos y calmantes». El pintor pasó una de las noches más horribles de su vida. Las sábanas eran ásperas y el colchón estaba cubierto por un plástico. Despedía un olor insoportable. Lo torturaba pero no podía cambiar de cama. Y si se sentaba, debía hacerlo con precaución para que no se le salieran los tubos de oxígeno por los que respiraba. Tenía la sensación de que se quemaba, de que le ardía la piel y se le caía el pelo. Veía de nuevo acercarse su fin y entendió por qué decían que la verdadera muerte es la enfermedad, pues la muerte no es nada: lo que la precede es peor. Recordó las palabras de su madre cuando pasaba una mala noche: «Esta noche es de las que contaré a mi sepulturero…». Cuando era niño le divertía esa expresión, pues no entendía cómo un muerto sigue hablando con su sepulturero. "


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