Chicas bailarinas (fragmento)Margaret Atwood

Chicas bailarinas (fragmento)

"Aquel era francés, estudiante de cinematografía. Antes había habido una turca, que estudiaba literatura comparada, Lelah, o por lo menos así se pronunciaba. Ann encontraba a menudo sus preciosos cabellos color caoba en el lavabo; deslizaba por ellos el índice y el pulgar, con envidia, antes de tirarlos. Ella tenía que llevar el pelo corto porque lo tenía quebradizo y se le abrían las puntas. Lelah tenía un diente de oro, un incisivo, que se veía cada vez que sonreía. Curiosamente, Ann también le envidiaba ese diente. El incisivo, el pelo y los pendientes con turquesas engastadas daban a Lelah aspecto de cíngara, un aspecto sabio, que Ann, con sus cejas beige y su boca delicada, sabía que nunca tendría, por más sabia que llegase a ser. Estudiaba «clásicas», llevaba faldas rectas y jerséis de shetland. Era el único estilo que le sentaba bien. Ella y Lelah trabaron amistad, fumaban cigarrillos en la habitación de cualquiera de las dos y se compadecían mutuamente por las dificultades de sus estudios y por las voces que daba la señora Nolan. Por eso Ann conocía aquella habitación; sabía cómo era por dentro y cuánto costaba. No era una suite de lujo, desde luego, y no le sorprendía que quedase libre tan a menudo. Tenía un conducto más directo aún que el suyo para captar el ruido que armaba la familia Nolan. Lelah se había marchado porque no lo soportaba.
La habitación era más pequeña y barata que la suya, pero estaba pintada de la misma tonalidad verdosa deprimente. A diferencia de la suya, no tenía frigorífico, fregadero ni fogón. Había que utilizar la cocina de la parte delantera de la casa, de la que hacía tiempo se había apoderado un grupito de matemáticos, dos hombres y una mujer, de Hong Kong. Quien alquilase aquella habitación no tenía más remedio que comer siempre fuera o soportar el sonsonete de su conversación, que incluso cuando no era en chino era tan abstrusa que resultaba ininteligible. Y nunca había ningún hueco en el frigorífico, siempre estaba lleno de setas. Eso lo sabía por Lelah; Ann no tenía que soportarlos porque podía cocinar en su habitación. Sin embargo, los veía al entrar y al salir. A las horas de las comidas solían estar sentados tranquilamente a la mesa de la cocina, hablando de números irracionales, suponía ella. Ann sospechaba que lo que a Lelah le molestaba de ellos en realidad no eran las setas: simplemente hacían que se sintiera estúpida. "



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