La piel (fragmento)Curzio Malaparte

La piel (fragmento)

"Jamás, en tantos siglos de miseria y de esclavitud, se habían visto en Nápoles cosas semejantes. Siempre, en Nápoles, se había vendido de todo, pero nunca chiquillos. En Nápoles se había hecho comercio de todo, pero jamás de los chiquillos. En Nápoles no se habían vendido nunca chiquillos por las calles. En Nápoles los chiquillos eran sagrados. Son la única cosa sagrada que puede haber en Nápoles. El pueblo napolitano es un pueblo generoso, el más humano de todos los pueblos de la tierra, el único pueblo de la tierra que aun la familia más pobre, entre sus chiquillos, sus diez, sus doce chiquillos, cría un huérfano recogido en el Ospedale deglo Innocenti; y era entre todos el más sagrado, el mejor vestido, el mejor alimentado, porque era «il figlio della Madonna» y trae fortuna a los demás chiquillos. Se podía decir todo de los napolitanos, todo, pero no que vendiesen a sus chiquillos por las calles.
Y ahora, en la plazuela de la Cappella Vecchia, en el corazón de Nápoles, al pie de los nobles palacios de Monte di Dio, del Chiatamone, de la Piazza dei Martiri, al lado de la Sinagoga, los soldados marroquíes iban a comprar por muy poco dinero los chiquillos napolitanos.
Los sobaban, les alzaban la ropa, metían sus largos y expertos dedos negros por entre los botones de los pantaloncitos y contrataban el precio mostrando los dedos de la mano.
Los chiquillos estaban sentados a lo largo del muro contemplando los compradores; se reían masticando caramelos, pero no tenían esa habitual tranquilidad alegre de los chiquillos napolitanos, no se hablaban entre sí, no gritaban, no cantaban, no gastaban bromas ni burlas. Era evidente que tenían miedo. Las madres, o aquellas mujeres huesudas y pintadas que se decían madres, los tenían agarrados por un brazo, casi temerosas de que los marroquíes se los llevasen sin pagarlos; después tomaban el dinero, lo contaban, se alejaban con el chiquillo agarrado del brazo y un goumier los seguía con el rostro agujereado por las viruelas, los ojos centelleantes de lujuria bajo la punta de su capote pardo puesto sobre la cabeza.
Yo miraba hacia arriba, a las ventanas de Lady Hamilton, y no quería bajar la vista. Miraba el borde del cielo azul que adornaba la alta terraza de la casa de Lady Hamilton, y Jeanlouis, a mi lado, se callaba. Pero yo me daba cuenta de que callaba, no por sugestión mía, sino porque una oscura fuerza le trabajaba, porque la sangre le subía a las sienes, le agarraba de la garganta. "



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