La lluvia de neón (fragmento)James Lee Burke

La lluvia de neón (fragmento)

"Observé el atardecer por la ventana. El cielo se veía escarlata sobre los árboles y los tejados; luego, se puso de color lavanda y, finalmente, de un púrpura intenso, mientras el sol desaparecía dejando una línea de fuego brillante en el horizonte. Me senté solo en la oscuridad un instante, encendí el televisor y puse la emisora por cable de veinticuatro horas de noticias. Vi escenas de las guerrillas salvadoreñas abriéndose paso por un sendero en la selva, a los pies de un volcán apagado. Sus rostros eran jóvenes, con barbas ralas como los orientales. Tenían el cuerpo cubierto de bandoleras y cinturones con cartuchos de escopeta. Todos ellos se habían sujetado el sombrero de paja con largas hojas de hierba. Un momento después, la pantalla mostró una escena inconexa de tropas del Gobierno que avanzaban a través de un bosque de bananeros y de enormes manojos de orejas de elefante. Un helicóptero Cobra irrumpió en el cielo vidrioso, se detuvo en ángulo sobre una barranca profunda y rocosa y descargó una sucesión de cohetes que levantaron agua, corales desintegrados y trozos de árboles y de arbustos en el fondo del barranco. La película terminaba con una toma de las tropas del Gobierno retirándose del bosque de bananos con los heridos en camillas. El calor en esa selva debía de ser agobiante, porque los heridos estaban empapados en sudor y los médicos les mojaban la cara con agua de las cantimploras. Todo parecía muy habitual. Al haberme criado en Luisiana, siempre había pensado que la política era el territorio de los inválidos morales. Pero, por ser jugador, tenía un cierto instinto sobre el lado al que tenía que apostar mi dinero en determinadas situaciones militares. En un lado de la ecuación, estaban los que se habían enrolado en el Ejército y que estaban obligados a pelear, o les pagaban para ello, y que, en algunas ocasiones, vendían sus armas al enemigo si se les presentaba la oportunidad; del otro lado, se encontraban los que vivían en la selva, conseguían armas y municiones en cualquier lugar donde pudieran comprarlas o robarlas, y no tenían absolutamente nada importante que perder y que, por no tener ningún tipo de ilusión, llegarían hasta más allá de la cordura en una lucha armada. Dudo que hubiera un corredor de apuestas en toda Nueva Orleans que aceptara una por este grupo. Pero mi guerra había terminado. Y tal vez mi carrera también. Apagué el televisor y miré por la ventana el reflejo de las luces en el cielo. La habitación estaba tranquila, las sábanas, frescas y limpias, y mi estómago ya no se sentía tan descompuesto. Me cepillé los dientes, me duché, me volví a enjuagar la boca con Listerine y después, regresé a la cama, encogí las rodillas y comencé a temblar de arriba abajo. Quince minutos más tarde, abandoné el hospital y tomé un taxi que me llevó a mi casa flotante. "


El Poder de la Palabra
epdlp.com