Angélica (fragmento)Frank Thiess

Angélica (fragmento)

"En las noches que siguieron llovió. Las madrugadas traían un frescor plateado. Primero nieblas y cimas encapotadas, luego la luz se iba aclarando, y durante el resto del día brillaba un sol franco y brillante. Angélica miraba todas las cosas de aquel país, las encajeras junto a la playa, los delfines ante la costa de San Fructuoso, con una estremecida sorpresa. Contemplaba los rostros del presente como visiones de teatro entre luces crudas y fantásticas, visiones que en el momento más inesperado desaparecían. Y no quedaría más que el vacío, la nada. Pero existía un mundo mágico que cada día sentía más próximo. Descubría lo trascendental en lo más insignificante. Lo innominado, lo innominable. Cuando un ciprés se balanceaba al viento tibio, para ella era como si unas manos la acariciasen. Y sentía entonces un poco de reposo en aquella su espera del hundimiento de todas las cosas. Todo en el mundo parecía atento a percibir lo nunca oído.
El doctor Morr, aquel marido junto a ella, era tal vez la misteriosa llave de todo. Había trastornado extrañamente su vida. Pasado, infancia, tiempos de la adolescencia, Holanda, las amigas, todo no era más que un vago anhelo, una huidiza visión de la vida anterior, algo como el vivir antes de la muerte, y por ello mismo perdido sin recuperación posible.
«Mira, todo me parece —escribió un día a su amiga Ery, en Amsterdam— como una sombra del mundo subterráneo, y todo lo que me rodea, aun lo más maravillosamente vital, lo veo ante mí como sin sangre. No es que haya perdido al mundo, sino a mi mundo. Si vuelvo a pensar en el mundo vivo, surge en mi imaginación la visión de unos campos en flor, lupinos y berros, centenos amarilleando, bosques embebidos de sol, y algún caserío entre verdores. Puede decírseme que todo ello vive aún con su alegría y sus colores. Pero, ¿dónde anda? Yo no lo veo. Y si llegase a verlo, descubriría a través suyo la eterna desolación...»
Morr alquiló una barca con unas velas amarillas. En ella fueron a Portofino. De la angosta bahía de Rapallo al mar libre, pasando por San Margherita, raudos sobre el mar azul. Angélica sabía conducir muy bien un bote de velas, pero dejó en manos de su marido la dirección de la pequeña nave. No obstante, temía que aquí o allí se encontrara con dificultades de detalle, ya que desconocía aquella ruta y aquellos vientos. Pero la embarcación avanzó triunfalmente a través de todos los obstáculos. Supo tomar el viento como si se le viniese de por sí mismo a las velas. Cruzó la bahía con una seguridad perfecta y ante Portofino recogió en las velas el viento de mar, al que había quedado aguardando unos pocos minutos. Realizaba todas las maniobras como al desgaire, como si no prestase atención, apenas si se movía del gobernalle, sonreía a Angélica y departía alegremente de planes a realizar en los días sucesivos. "



El Poder de la Palabra
epdlp.com