El placer de sufrir (fragmento)Alfonso Hernández Catá

El placer de sufrir (fragmento)

"Era preciso, pues, contar con los hombres, atraerlos hasta cierta distancia, aparentar temerlos sin perder la audacia y la iniciativa, trazarse un círculo de actitudes en el que inscribir respecto de ellos su conducta. Y después de mucho pensar halló esta fórmula sintética para fijar, con el suyo, el caso de sus compañeras infinitas de aspiración:
«Toda la fuerza de la mujer, mientras sea animal de placer que el varón toma por una vida o por un rato, está en saberse negar a tiempo».
Era a toda costa necesario resistir, manejar con cautela el imán peligroso del atractivo, para no llegar a imantar a otro ser y sufrir a su vez la deliciosa y nefasta atracción. El amor debía ser, según ella, el premio de la vida; y esa fruta, que suele confundirse con la del amor, cogida en agraz, ácida para el paladar y nociva para la salud, no la incitaba. La gimnasia, el agua fría y la voluntad velaban diariamente, como tres dragones del bien, para impedir a los sentidos salir de aventuras.
Por las tardes salía, más por higiene que por gusto, y su traje sencillo contrastaba con los perifollos de su hermana y de doña Julia. A veces iban al cinematógrafo; ella se sentaba en uno de los extremos para esquivar toda vecindad equívoca; y al ver imágenes de otros países en donde las mujeres podían, sin descender en categoría social, ganarse la vida con el trabajo, irritábase contra la suerte, que la hizo nacer en un pueblo atrasado y carcomido de tradiciones. Quería ser virtuosa, no por exigencia de su sentido moral, sino por comodidad, por precaución, por tener un triunfo más para la jugada suprema.
Si, novelescamente, cualquier rico extranjero le hubiese dicho sin preámbulos: «Entrégate a mí y te llevaré lejos, a esas comarcas en donde cuando me hastíe de tu cuerpo y te abandone podrás educar tus aptitudes y hacerlas producir», se habría entregado sin rubor.
Pensaba que todo el interés de la existencia no ha de estar en el placer físico; y que tanto o más que él, pues lo ornan, lo realzan y lo multiplican con perspectivas y mirajes, cuentan esos placeres en que los sentidos necesitan aliarse con la inteligencia para gozarlos plenamente. Su inconformidad se polarizaba en dos puntos: su casa, su pueblo... Al pueblo lo odiaba con saña; ni una calle era de su agrado, ningún paseo guardaba para ella remembranzas dulces. El puerto, siempre solo, con sus aguas semiestancadas, dábale la impresión de un charco; y le era menester ver alguno de los veleros que de raro en raro venían a cargar sal alejarse por la estrecha embocadura, para suponer, al otro lado de las montañas, el mar bravío, el mar, intranquilo como ella, por cima de cuya espumosa vastedad se iba a todas partes. "



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