Entre Dios y el Diablo (fragmento)Tatiana Lobo

Entre Dios y el Diablo (fragmento)

"Cuando la adúltera era ella, el marido agraviado solía culpar al amante, no a su esposa. El porqué Joaquín Valerín se dio maña, esfuerzo y trabajo para que las autoridades eclesiásticas castigaran al intruso Paniagua, al tiempo que también se esmeraba en salvar la responsabilidad de María Dolores, pudo tener muchos y diferentes motivos. El primero sería esa visión de mujer-niña, criatura eternamente estacionaria en la infancia, incapaz de decidir por sí misma y, por lo tanto, incapaz de asumir la responsabilidad de sus actos: la otra cara de la medalla de la perversa seductora. También pudo haber una razón de orden práctico, pues si María Dolores era castigada con cárcel o con "depósito", Valerín, su marido, pasaba a la ambigua situación de "divorciado", impedido de volverse a casar, y entonces ¿quién se haría cargo de la casa, de los niños? Además, estaba el sentido de propiedad; esa mujer es mía, sobre ella mando yo solo.
Pero también -¿por qué no?- estaban los sentimientos, el deseo de recuperar a la mujer amada, sustrayéndola de todo castigo. Concedámosle la gracia del amor a Joaquín Valerín. Digamos que amaba a María Dolores más que a sus mulas, más que a sus cuatro vacas juntas, más que a sus propios hijos. Porque María Dolores tiene cuerpo de palmera, pechos redondos como cocos y dos piernas tan largas y esbeltas como las columnas que sostienen el cielo de la iglesia parroquial. Por culpa de la mulata ingrata, Valerín estuvo a punto de matar a Joaquín Paniagua, con las manos peladas, con los puños tan desnudos como ahora siente el alma, huérfana de todo afecto.
Valerín montó una de sus mulas, metió carne salada en su forja, dos quesos y tres bollos de pan de bizcocho. Cobró unos pesos que le debían los ladrones que administraban el mercado de abastos, y se hizo al camino antes de que el sol siquiera avisara su llegada. Tomó la ruta como quien se dirige hacia el valle de Aserrí, donde está la ermita de San José de la Boca del Monte, pero no se detuvo allí a pedirle a Dios que le hiciera el favor de enfermar de viruelas a Paniagua. Pasó de largo como quien se apresura a abordar en el puerto de La Caldera, vadeó el río Grande sin que lo viera el canoero porque no llevaba salvoconducto para abandonar la jurisdicción de Cartago. Y si no tenía papeles era por la sencilla razón de que su viaje lo hacía con el mayor sigilo, para que nadie se enterara de sus propósitos. Al paso ora lento, ora a trote manso, de su mula, Valerín sigue adelante, carcomido por el rencor y la tristeza. "



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