Diego Corrientes (fragmento)Francisco Grandmontagne

Diego Corrientes (fragmento)

"Cuando llegó, su tío el registrero quiso lucirse con él, único con quien podía lucirse, sometiéndole a un examen de aritmética rudimentaria y de ortografía pedantesca. En el infinito escalón de las facultades humanas no hay hombre que deje de oprimir con las suyas a los que están más bajos. Dióle muchos con­sejos… envueltos en infatuada seriedad y tono autori­tario, sin correrse en ningún socorro positivo, que era por el momento lo que más importaba a Dieguillo, consentido el pobrecito en que su tío le daría algu­nos pesos para comprar el dichoso reloj con el cual había de sonsacar a los indios las plumas, las pieles y los corales. Tampoco le llevó el registrero a comer a su casa, ni le presentó a sus hijas, señoritas de aire indiano, ni a su mujer, antigua chalequera, y ahora señora de viso1, con más humos que la fábrica de gas del alumbrado público. El filantrópico tío no quiso in­troducir en su casa aquella muestra de su origen, desconocido para sus empingorotadas hijas, que, naci­das del aventurero ayuntamiento, no conocían de la raza de su padre más que a su padre, ni de la de su madre más que a su madre.
Lo único que el registrero hizo por su sobrino, tras de aquel examen en que no resultó Dieguillo ningún Euclides, fue meterle en una tienda de novedades. Allí encerrado, y envuelto en las emanaciones que despiden los estampados de las telas, pasó de la edad infantil a la púber, vivamente despertado a la vida de las pasiones por aquella atmósfera de voluptuosos alientos que poblaban el ámbito de la tienda. Entre el amarramiento del mostrador y las miradas de las hermosas agujas calcinantes que le hurgaban la fiebre fue perdiendo su cuerpo el bello aire montesco que tenía cuando llegó a Buenos Aires. Sus rojos mofletes, endurecidos por libres aires cerreros, desapa­recieron de su rostro, quedando en él la blanca ane­mia, la triste palidez hostial de los niños a quienes no besa el sol. Huyó de sus ojos el mirar vivaz, arrogante y libre como mirada de águila, tornándose tímidos y serviles dentro de sus ojeras moradas. Se le emblan­quecieron las manos, poniéndosele pálidos y finos los dedos, antes duros y apretados de carne pura, sana y curtida en los cierzos. Nacido en el monte, en plena naturaleza, a todas horas venteado y soleado, sentíase oprimido y pensábase chico en aquella encerrona de la tienda. Envuelto en débiles respiraciones de muje­res elegantes, alientos que, hechos ambiente, le producían al llegar a sus pulmones, efectos de consunción deprimente, al paso que le poblaban la cabeza de soñarresas voluptuosas.
Las niñas de 14 años que iban a comprar telas para cambiar por largos sus trajes de corto, elegían en Dieguillo su vendedor, mareándole con sus risas, repletas de gozo, con sus ojos, en que ya los brillos de la malicia comenzaban a descorrer los velos de la inocencia, con sus palabras, con el rojor de sus labios, con las manzanas de sus pechos, y, sobre todo, con lo que más le mareaban era con aquellas pantorras, esculturas de material de rosas frescas, en cuya con­templación se le iban a Dieguín los ojos camino del pecado. "



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