Amrita (fragmento)Banana Yoshimoto

Amrita (fragmento)

"Me despertaba tan bruscamente que pensaba que alguien había encendido la luz. Siempre sucedía así. Después percibía un olor a azufre. “¿Qué será?”, me preguntaba, y lo primero que se me ocurría era que alguien se había tirado un pedo. Pero no se trataba de un olor tan banal. Era un olor del que me resultaba imposible liberarme: parecía provenir de mi propio cerebro. Yo miraba a mis hermanos: iluminados por la luz de la luna y por la de la lamparilla, dormían inmóviles como muertos, pero con la sana respiración del sueño. Era una escena tranquila y sosegante. Me quedaba contemplando el rostro de mi hermana, las cejas espesas de mi hermano mayor, las naricitas de mis hermanos pequeños. Me parecían más débiles, más vulnerables que de día, y eso me entristecía un poco. Pero a la mañana siguiente todos se despertarían alborotando, se pelearían por entrar en el cuarto de baño, verían la televisión, serían antipáticos y adorables. Volvería la alegría y yo ya no estaría solo. Pensar en eso me hacía feliz, sentía que dentro de poco me quedaría dormido. Pero el olor a azufre no se iba. Después, de repente, una voz susurraba algo, siempre lo mismo. “Sólo quedarás tú”, decía. Lo oía claramente, sin comprender qué significaba. Y acto seguido me asaltaba la sensación de que todos los que ahora dormían allí eran sólo una ilusión y que en un momento dado desaparecerían. Y luego crecía en mí cada vez más el presentimiento de que me quedaría solo. El hecho mismo de vivir empezaba a darme miedo, un miedo terrible. Trastornado por el horror, despertaba finalmente a mi hermana. “Tengo miedo”, le decía, y le apretaba la mano. La tenía caliente. Medio dormida, ella me apretaba a su vez la mía. “Están realmente aquí, no es una ilusión”, pensaba, y sentía un alivio tan grande que se me saltaban las lágrimas. Pero había algo que no se me pasaba. Sentía una sombra inmensa contra la que ni mi hermana ni mis padres podrían hacer nada. Aunque no quería sentirla, estaba allí. Algo que me hacía comprender lo pequeños e impotentes que éramos. Después, sin dejar de mirar en la penumbra el rostro de mi hermana, me quedaba dormido.
A la mañana siguiente el olor a azufre había desaparecido y en la habitación volvía a reinar la atmósfera alegre y luminosa de siempre. Yo estaba todavía adormilado y mi hermana me decía: “Esta noche has tenido un sueño espantoso y te has despertado, ¿verdad?”. Yo asentía, pero ya había olvidado aquella sensación. Sin embargo, recordaba las palabras. Aquella voz baja que decía: “Sólo quedarás tú”. Todos se preparaban ya para el nuevo día con la ruidosa animación de costumbre, mi padre se había ido a trabajar hacía un buen rato, mi madre realizaba sus quehaceres y la casa estaba tan desbordante de vida que era todo un lío. Pero yo no podía olvidar aquel olor a azufre. El olor de la muerte.
Con el tiempo comprendí por fin el significado de aquel presagio. Ya era mayor y vivía por mi cuenta: el primero en morir fue mi padre, de un accidente en el mar. Uno de mis hermanos pequeños murió en un accidente de moto. Mi hermana murió electrocutada en la fábrica donde trabajaba. Poco después mi hermano mayor murió de una enfermedad. Dos años más tarde mi otro hermano pequeño enfermó de sida en el extranjero y murió. Hoy sólo quedamos mi madre y yo. Ella vive en Japón y está internada desde hace mucho tiempo en un hospital psiquiátrico. Creo que no sabe muy bien quién soy. Ni siquiera sabe que me he casado con Saseko. Cada vez que la ve la confunde con mi hermana muerta. De todos los hermanos soy el único que ha sobrevivido. Por eso no puedo acercarme jamás a los baños termales, salvo a los de Izu, que son de agua salada. Odio el olor a azufre. "



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