El húsar en el tejado (fragmento)Jean Giono

El húsar en el tejado (fragmento)

"A pesar de la oscuridad, Angelo encontró fácilmente los cipreses. El panadero que se había instalado al pie de aquellos árboles preparaba otra hornada. Desde allí, siguiendo las nuevas instrucciones de Féraud, tomó el camino que subía por el flanco de la colina a lo largo de terrazas que se constituían como avenidas dispuestas en gradería. La consigna era clara: no bajar nunca, recorrer así todo el flanco de la colina hasta un profundo barranco por el que debía bajar para volver a subir al otro lado y continuar sin descender por ningún motivo a la hondonada en que se hallaban las enfermerías. De esta manera (Angelo, con las últimas luces del crepúsculo, había seguido al pie de la letra todo el itinerario de Féraud) se llegaba a la colina de los almendros por un cantil de roca a lo largo del cual debía andar hasta encontrarse con un camino bastante amplio, casi carretero, que lo cortaba y subía a la meseta en que estaba Giuseppe.
Por todas partes se encendieron fogatas. Al principio eran altas hogueras, muy próximas, en las que se veía retorcerse las llamas. Éstas resonaban como campesinas que danzaran con chapines sobre un piso de madera. Más lejos, a través del follaje de los olivos, de las encinas y de los pinos, rojos resplandores daban violentos aletazos. Al mismo tiempo que el crepitar de las hogueras se dejó oír por doquier un murmullo de voces y llamadas. Hasta en las más lejanas crestas, que un rato antes parecían desiertas, se encendían fogatas contra las que se recortaban las siluetas de los árboles y las rocas. En los lugares donde funcionaban enfermerías habían colgado linternas de los árboles para facilitar el trabajo de las patrullas. En todos los bosquecillos, debajo de todas las zarzas, detrás de todos los follajes lucían parrillas rojas, placas incandescentes, pájaros fosforescentes semejantes a grandes gallinas purpúreas, a gallos bermejos. El balanceo, los aletazos, el abaniqueo furioso de todas esas llamas, los brincos de todos esos machos cabríos de oro, los lanzazos de todas esas agudas pavesas, horadaban la noche hasta donde alcanzaba la vista. Un silencioso alud de pavesas violetas, o purpúreas, o relucientes como carbones, hervía en el cielo cubriéndolo de un polvo rosado y desgarrándolo con grietas de añil. Los reflejos iluminaban la ciudad vacía, poniendo en evidencia la punta de un campanario, una bocacalle, el hueco y las almenas de una puerta de las murallas, el damero de un tejado, un lienzo de muro, el vano de una ventana, el frontis de un convento, y en la extensión de los tejados las chimeneas parecían troncos de árboles en medio de los campos de labor. A dos leguas de la ciudad, pero al otro lado, las fogatas escondidas bajo los bosques entre los que serpenteaba, centelleaban a ras de tierra, en medio de los troncos y a lo largo del río, como brasas bajo una parrilla. En las tinieblas del valle, por los caminos, las carreteras y los senderos, se desplazaban pequeños puntos luminosos: eran las linternas de las patrullas, los faroles de los camilleros, las antorchas de los sepultureros. El tomillo, la ajedrea, la salvia, el hisopo, la propia tierra y los pedregales en los que ardían aquellos fuegos, la savia de los árboles calentada por las llamas, el sudor de las hojas ahumadas, exhalaban espesos olores en los que se confundían el bálsamo y la resina. La tierra entera parecía un horno para cocer pan. "



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