El buda de los suburbios (fragmento)Hanif Kureishi

El buda de los suburbios (fragmento)

"Pero, antes que nada, quería hacer una cosa: celebrar una fiesta de inauguración del piso. Existía una teoría sobre las fiestas que quería poner en práctica. Consistía en invitar a gente que uno sabía que no se llevaba bien y observar luego cómo hablaban los unos con los otros como si nada. En cierto modo, cuando me lo contó no la creí, porque estaba convencido de que me ocultaba algo. Pero fuera lo que fuese lo que se le había metido en la cabeza —y algo se le había metido— se pasó días y días preparando y confirmando la lista de invitados en un pedacito de papel grueso de color crema que llevaba siempre encima. Actuaba con un secreto insólito y mantenía conversaciones complicadísimas por teléfono con Dios sabe quién y, como era de esperar, no quiso contarnos nada de lo que se traía entre manos, ni a papá ni a mí.
Una cosa sí sabía, y era que Shadwell estaba involucrado. Eran sus contactos los que ella estaba utilizando. Conspiraban juntos. Eva coqueteaba con él, le utilizaba, se lo metía en el bolsillo y le pedía favores. Eso me fastidiaba, pero a papá no le importaba en absoluto. Papá siempre había tratado a Shadwell con condescendencia y no se sentía amenazado por él. Además, siempre daba por sentado que la gente tenía que enamorarse de Eva.
Con todo, el asunto estaba afectando a papá. Este, por ejemplo, quería invitar a la fiesta a su grupo de meditación; pero Eva insistió mucho en que sólo podrían ir dos. No quería que su selecto grupito pensara que se relacionaba con una pandilla de pelagatos de Bromley. Así que Chogyam-Jones y Fruitbat se presentaron en casa una hora antes, cuando Eva todavía se estaba afeitando las piernas en el baño junto a la cocina. Eva toleraba su presencia porque pagaban por los pensamientos de papá y, por consiguiente, su cena; pero cuando se metieron en el dormitorio y empezaron con sus salmos mientras ella se ponía su blusa de seda amarilla para aquella velada tan especial, oí cómo le decía a papá: «El futuro no debería conservar demasiadas cosas del pasado.» Más tarde, cuando la fiesta acababa de empezar y Eva estaba hablando con papá sobre el origen de la palabra «bohemio», Fruitbat sacó un bloc del bolsillo y pidió permiso para escribir algo que papá acababa de decir. El buda de los suburbios consintió con majestuosidad, mientras Eva le miraba como si quisiera rasgar los párpados de Fruitbat con un par de tijeras.
Cuando aquella fiesta tan esperada se celebró por fin, no debieron de pasar más de cuarenta minutos antes de que papá y yo cayéramos en la cuenta de que prácticamente no conocíamos a nadie. Shadwell, en cambio, parecía conocer a todo el mundo. Estaba de pie junto a la entrada, daba la bienvenida a los invitados y, entre sonrisas bobaliconas y risitas estúpidas, les preguntaba cómo estaba fulanito o menganito. Además, se comportaba como un perfecto homosexual, si bien no era más que una pose, una actitud, una manera de presentarse a sí mismo. Y, como de costumbre, con sus harapos negros, botas negras y tics de neurótico, era el vivo retrato de la salud. Tenía la cara pálida, la piel escrofulosa y los dientes cariados.
Desde que yo vivía en aquel piso, Shadwell solía venir a ver a Eva por lo menos una vez a la semana, siempre durante el día, mientras papá estaba en la oficina. Tenían la costumbre de salir juntos a dar largos paseos, o iban al cine del ICA a ver películas de Scorsese y exposiciones de pañales sucios. Eva no hizo el menor esfuerzo para que Shadwell y yo nos dirigiéramos la palabra; es más, tengo la sensación de que quería evitar que conversáramos. Cada vez que veía a Eva y a Shadwell juntos me sorprendía su aspecto inquieto, como si acabaran de pelearse o compartieran un montón de secretos. "



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