Fin de fiesta (fragmento)Beatriz Guido

Fin de fiesta (fragmento)

"Adolfo sepultó muy hondo en su memoria los días de «La Enamorada». Demasiado dolor le producía recordarlos; las circunstancias habían sido demasiado crueles y definitivas para luchar contra ellas.
Apenas salía del colegio corría a la Administración.
José María no intentaba detenerlo. Cuando no disparaba a «La Enamorada» se iba por las tardes a Buenos Aires, a la casa de sus tías. Para Adolfo cruzar ese puente sobre el río -esa herida de la tierra que separaba Avellaneda de la Capital- era tan difícil como cruzar un océano. Sentía un extraño malestar cuando debía recorrer las calles de Buenos Aires sin reconocer un solo rostro. Cuando entraba en la casa de las Aguirre, en la calle Rodríguez Peña -con olor a armarios envejecidos, y la fotografía de sus padres con una aureola de laureles de bronce-, sentía la misma extraña sensación de rechazo que Braceritas. Porque él era ante todo un Braceras, nieto del intendente de Avellaneda, del senador nacional.
Él, como Braceritas, sentía por la familia de su padre un rechazo inmediato. Rechazaba la manera de hablar de sus primos; y le desesperaba la mención continua que hacían de lugares, confiterías, amistades, paseos y juegos, y, sobre todas las cosas, la alusión constante a la belleza de Mariana. Ellos veían en José María la eficiencia del hombre de campo, su destreza en el caballo y conocían, por relatos familiares, sus domas de potros a los diez años, sus largos viajes como resero y su imponderable dominio en el juego del «pato» con los peones. "



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