El mapa del tesoro escondido (fragmento) Mo Yan

El mapa del tesoro escondido (fragmento)

"Nosotros miramos sus manos y sentimos vergüenza. Pareció que habíamos cometido un error serio irritándonos y nuestros ánimos se enfriaron de golpe. La sopa de jiaozi que estaba ante nosotros desprendía un aroma delicioso. Cogimos el cucharón y nos servimos, llenando nuestros pequeños cuencos. Dimos unos sorbos y era, en efecto, la sopa de jiaozi de la familia del emperador, pero el sabor no era igual. Tanto Make como yo nos servimos varias raciones. Llenamos nuestros boles con la sopera, pero los dos, muy nerviosos, nos peleábamos por hacernos con los raviolis. Cuando menos nos dábamos cuenta, caía un jiaozi en nuestro cuenco y eso suponía un momento de felicidad. Después de tomar la sopa de jiaozi, dirigimos nuestras miradas al anciano, el cual estaba zampándose los jiaozi. Nosotros juntos, habíamos vivido más de ochenta años, pero era la primera vez que veíamos a alguien comer jiaozi de esa manera. Veía a ese viejo decrépito y enmohecido utilizando los dedos para coger los jiaozi y alzando la cabeza mientras estiraba los labios hacia delante como si fuese un pico y mordisqueando cuidadosamente una esquina del jiaozi y luego escupiendo rápidamente sobre la mesa, y otra vez el mismo gesto, alzando la cabeza y el aceite y el agua del jiaozi desparramándose sobre la boca… Y mientras que el aceite y el agua chorreaban por la boca, el viejo volvía al plato, dejaba el jiaozi, y cogía otro jiaozi que se metía en la boca, volvía a morderle una esquina y el agua del jiaozi volvía a salir y a correr por la boca, y el viejo volvía a dejar el jiaozi en el plato… Esa manera de comer era grotesca. Nosotros podíamos verla, olerla y hasta sentirla. El viejo destrozaba los jiaozi del plato y nos miraba al mismo tiempo. En su cara colgaba una sonrisa fría, como si nos odiase o quisiese enfadarnos expresamente. El buen olor de los jiaozi nos atormentaba. A nosotros nos estaba enojando seriamente, pero éramos dos ruedas rotas atadas la una a la otra. Por mucho que quisiéramos, no podíamos movernos. Ante esa pareja de viejos enigmáticos, nosotros solo podíamos expresar un respeto que era, en realidad, miedo. Ni siquiera nos atrevimos a emitir un solo sonido. "


El Poder de la Palabra
epdlp.com