El infierno de Treblinka (fragmento)Vassili Grossman

El infierno de Treblinka (fragmento)

"La actuación de Zepf era necesaria: provocaba el shock psicológico de los condenados y constituía también una manifestación más de la crueldad ilógica que aniquilaba la voluntad y la conciencia. Era un tornillito útil y necesario de la enorme máquina del Estado fascista.
Lo que debe llenarnos de horror no es que la naturaleza críe semejantes degenerados, pues no son pocos los monstruos que existen en el mundo orgánico: cíclopes, seres con dos cabezas y las correspondientes perversiones y monstruosidades espirituales. Lo terrible es otra cosa: que estos seres que deberían estar aislados, que deberían ser estudiados como fenómenos de la psiquiatría, en cierto Estado sean considerados ciudadanos normales y activos. Su ideología delirante, su psique patológica, sus increíbles crímenes son elementos necesarios para el Estado fascista. Miles, decenas de miles, centenares de miles de seres semejantes constituyen el apoyo, la base de la Alemania hitleriana. Vestidos de uniforme, con armas, con condecoraciones imperiales, estos seres fueron durante años enteros los dueños absolutos de la vida de los pueblos de Europa. Hay que horrorizarse de la existencia no de éstos, sino del Estado que los sacó de los escondrijos, de las tinieblas, del subsuelo, y que los hizo necesarios, útiles e insustituibles en Treblinka, cerca de Varsovia; en Maidánek, cerca de Lublin; en Belzec, en Sobibor, en Osvéntsim, en Babi Yar, en Domanevka, cerca de Odesa; en Trostianets, junto a Minsk; en Ponari, en Lituania; en decenas y centenares de cárceles, campos de trabajo forzados, campos penitenciarios y campos de exterminio.
Uno u otro tipo de Estado no le cae a la gente desde el cielo: la actitud material e ideológica de los pueblos es la que engendra el orden estatal. Y es en esto en lo que se debe pensar de verdad y por lo que de verdad debe uno horrorizarse…
El camino desde las «ventanillas de las cajas» hasta el lugar de la ejecución duraba entre dos y tres minutos. Azotada y aturdida por los gritos, la gente llegaba a una tercera plaza y por un instante se detenía sorprendida. Ante ellos se elevaba un bello edificio de piedra, decorado con maderas talladas y construido al estilo de un viejo templo. Cinco amplios escalones de cemento conducían a unas puertas bajas, muy amplias, sólidas y bellas. A la entrada crecían flores plantadas en tiestos. Pero alrededor reinaba el caos: por todas partes se veían montañas de tierra fresca, recién removida, una excavadora gigantesca arrojaba con sus pinzas rechinantes de acero toneladas de tierra arenosa amarilla, y el polvo levantado por su trabajo se interponía entre la tierra y el sol. El ruido de la colosal máquina que cavaba desde la mañana hasta la noche unas enormes fosas se entremezclaba con los furiosos ladridos de decenas de perros policía alemanes.
De ambos lados del edificio de la muerte salían unas líneas de vía estrecha por las que unas personas con amplios monos empujaban unas vagonetas reversibles. "



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