El desprecio (fragmento)Alberto Moravia

El desprecio (fragmento)

"Era la primera vez que estaba en Capri, y hasta entonces no había abierto la boca.
Desde aquella altura, las dos enormes rocas rojizas sorprendían por su extrañeza, semejante, sobre la superficie marina, a dos aerolitos caídos del cielo sobre un espejo. Dije a Emilia, exaltado por aquella visión, que sobre los Farallones vivía una especie de lagartijas que no se encontraba en ningún otro lugar del mundo: azules, a fuerza de vivir entre el cielo y el mar azules. Ella escuchó mi explicación con curiosidad, como olvidando por un momento su hostilidad hacia mí. Y yo entonces no pude por menos de concebir nuevamente la esperanza de una reconciliación, y, en mi mente, la lagartija azul que, según describí a Emilia, habitaba entre las quebradas de las dos rocas, se convirtió de pronto en el símbolo de aquello en que podríamos habernos convertido nosotros mismos si permaneciéramos largo tiempo en la isla: también azules dentro de nuestro espíritu, del que la serenidad de la residencia junto al mar habría expulsado gradualmente el hollín de los tristes pensamientos de la ciudad. Azules, iluminados de azul por dentro, como aquellas lagartijas, como el mar, como el cielo y como lo que es claro, alegre y puro.
Después de los Farallones, el sendero empezaba a dar vueltas entre rocas desnudas, sin villas ni jardines–. Finalmente, en un punto solitario surgió un largo y bajo edificio blanco que se proyectaba hacia el mar con una gran terraza: la villa de Battista.
El edificio no era grande. Además de la sala de estar, que daba a la terraza, había sólo otras tres estancias. Battista, que nos precedía casi haciendo ostentación de su papel de propietario, nos explicó que no había vivido jamás allí, y que se había hecho cargo de la finca hacía apenas un año, como pago parcial de un crédito que había concedido. Nos hizo notar que había previsto todo para nuestra llegada. En efecto, había flores en los floreros del salón; el pavimento, brillante, exhalaba un intenso olor a cera. Cuando nos asomamos a la cocina, vimos a la mujer del guardián de la finca atareada en los fogones, preparándonos la cena. Battista, que parecía tener un interés particular en mostramos todas las comodidades de la villa, quiso que viéramos hasta los más pequeños rincones; y llevó su cortesía hasta abrir los armarios y preguntar a Emilia si había bastante ropa. Luego volvimos al salón. Emilia dijo que iba a cambiarse y salió. Yo habría querido hacer lo mismo. Pero Battista, que se sentó en una butaca y me invitó a mí a sentarme también, me lo impidió. "



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