Las escalas de Levante (fragmento)Amin Maalouf

Las escalas de Levante (fragmento)

"Renuncié a interrumpirle. Por otra parte, mis protestas eran de pura fórmula; nunca había tenido mucho afecto por mi hermano.
Antes de la guerra, cuando yo me fui, Salem no era más que un adolescente linfático y obeso refractario a los estudios, un inútil poltrón y huraño. Todo el mundo pensaba que nunca haría nada. ¿Qué porvenir podían augurarle? Comenzaría por dilapidar su parte de la fortuna, y después, con toda seguridad, se pondría a vivir a costa de su hermano, o de su hermana...
Todos lo habíamos subestimado. Quiero decir, subestimado su capacidad para perjudicar. La guerra, ya se sabe, despierta en ciertas personas inteligencia y energías. Algunas veces para lo mejor. Más a menudo para lo peor.
En aquellos años de conflicto hacían estragos en nuestra tierra, como en todas partes del mundo, las penurias y los racionamientos, así como el contrabando y toda suerte de tráficos oscuros. Algunas personas se lanzaron a ellos para sobrevivir, otras para enriquecerse. Mi hermano participó también, pero no para sobrevivir ni para enriquecerse.
Se ausentaba a menudo. Podía salir a cualquier hora del día o de la noche por una puerta falsa; su habitación estaba, por así decirlo, al margen de la casa. Mi padre no se dio cuenta de nada. Si mi hermana hubiese vivido todavía con ellos habría advertido sin duda que algo pasaba. Puede incluso que Salem no hubiera llegado tan lejos. Habiéndose ido ella, nadie le impedía ya seguir su inclinación.
Y un día pasó lo que tenía que pasar: que llegan soldados del ejército francés a tomar posiciones en derredor de nuestra casa, pidiendo a los ocupantes, con ayuda de un megáfono, que no se resistieran y que saliesen con las manos en alto.
Fue un asalto en toda regla, como si se tratase de reducir una posición enemiga. Mi padre no se explicaba absolutamente nada. Gritaba por la ventana de su habitación que tenía que tratarse de un error. Luego vio, con espanto, cómo los militares sacaban de nuestro desván sacos de yute, cajas, bidones metálicos y cajones de cartón. Los había en el garaje en desuso, en una alacena bajo la escalera interior y hasta en la habitación de mi hermano, en su armario y debajo de la cama. Aquel individuo había transformado nuestra casa en un almacén de contrabando y mi padre no había sospechado nada. Salem también se las había arreglado para hacer acopio de ciertas mercancías en el estudio fotográfico de mi abuelo, que sería cercado el mismo día y de la misma forma.
Lo que hacía el asunto muchísimo más grave es que la víspera se había producido una escaramuza al sur de la capital, cerca de una caleta frecuentemente utilizada por los contrabandistas. Un policía de aduanas había muerto y dos contrabandistas habían sido heridos y capturados; fue en los interrogatorios de aquella noche cuando las autoridades obtuvieron el nombre de mi hermano. Era —¡insigne honor para la noble casa Ketabdar!— uno de los cerebros de la banda; durante el tiroteo estaba en la orilla, entre los que esperaban la mercancía. Los mismos que dispararon contra los aduaneros, antes de emprender la huida. ¿Fue él en persona quien disparó? Lo negó y nadie ha podido probarlo. Había muchos fusiles en la casa, pero estaban todavía en las cajas y ninguno había sido utilizado. El arma del crimen nunca apareció.
Se encontraron todos en la cárcel. Mi hermano, mi padre, mi abuelo y mi tío materno, Aram, profesor de química en la Universidad Americana, un sabio en estado puro, siempre en las nubes de sus fórmulas, y que entendía todavía menos que mi padre lo que le sucedía. Y además, el jardinero y su hijo. "



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