De mujeres con hombres (fragmento)Richard Ford

De mujeres con hombres (fragmento)

"Pasé por una sección en la que había zapatillas de señora en unas cajas claras de plástico. Las había rosas y amarillas y rojas. Costaban diez dólares, y eran de una sola talla. Pero me parecieron baratas. Y del tipo que usaría Doris. Volví a la vitrina de los relojes y apreté el botón una y otra vez hasta que vi uno fino y dorado y elegante -de esfera pequeña y números romanos- que pensé que podría gustarle. Lo pedí a una vendedora, y me lo envolvió en papel de seda blanco. Lo pagué con los billetes que me había dado mi padre, me lo metí en el bolsillo del abrigo y pensé que mi elección había sido acertada. Seguro que mi padre la habría aprobado. Pensaría que tenía un fino instinto para esas cosas, y que había comprado un buen reloj a buen precio. Salí a la fría acera y empecé a buscar la estación.
Recordaba -de la vez que había estado en Shelby con mis padres- que la estación estaba detrás de la calle principal, en una zona vieja de la ciudad donde había bares (los dos habían entrado en ellos en aquella ocasión). No estaba seguro de su ubicación, pero crucé la calle principal y entré en un callejón entre dos tiendas y fui alejándome de las luces navideñas y del tráfico y de los letreros de los moteles, hasta llegar a una callejuela de grava, y desde ella divisé la zona de maniobras y, al fondo, la estación y las luces amarillas de sus ventanas. Sobre los raíles, a la derecha, alcancé a ver una fila de vagones descubiertos de los de transportar grano, y la luz de una locomotora en movimiento y, más allá, un coche cruzando la doble vía. La zona de maniobras estaba oscura, y cada vez hacía más frío y seguía nevando. Oí cómo una máquina cambiaba de vía unos vagones, y al pisar las traviesas miré a ambos lados, a derecha e izquierda, y me quedé observando los relucientes raíles que se alejaban de mí hacia las luces amarillas de peligro y, más allá, hacia las luces rojas.
En la sala de espera de la estación hacía aún más calor que en el drugstore. No había más que una pareja sentada en una de las filas de bancos de madera, aunque se veían varias maletas pegadas a la pared y dos personas que esperaban para comprar billetes. No se veía a Doris por ninguna parte. Pensé que quizá estaría en los aseos, al fondo, junto al teléfono, y fui hasta donde estaban las maletas y me quedé esperando, aunque no vi ni mi bolsa ni la suya. Así que al ver que las dos personas terminaban de comprar sus billetes y que mi tía seguía sin aparecer me acerqué a la taquilla y le pregunté a la empleada si la había visto. "



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