Un mundo para Julius (fragmento)Alfredo Bryce Echenique

Un mundo para Julius (fragmento)

"Susan cogió la billetera, la abrió y sacó cualquier billete, mientras avanzaba hacia donde Arminda seguía parada, paquetote en brazos y muy acabada. «¿Es suficiente?», le preguntó, muerta de miedo y linda. Arminda fabricó la mueca que era su sonrisa y le dijo a la señora que no tenía vuelto para ese billete, ya iba a decir que la semana próxima le pagarían, pero Susan, que continuaba recordando a sus pobres del hipódromo y enviándoles cosas no pudo más de bondad: había que ver lo linda y sajona que se puso cuando tomó el paquete de entre las manos de Arminda, lo dejó sobre una silla y le hizo entrega del billete con su vuelto, y la otra avergonzadísima y le olía el sobaco. Así hasta que el asunto empezó a parecerse demasiado a viaje de reina a sus colonias y ya no les quedaba nada por decirse y la copita de jerez esperaba iluminadita, tengo que cambiarme para el cóctel, pero Arminda quería ver también al niño Julius y preguntó por él. «Debe estar en la piscina», le dijo Susan, pensando que Julius no podía estar en la piscina porque hacía más de una hora que la habían cerrado. En seguida avanzó hasta la copita de jerez y bebió nuevamente una pizca, a ver si de ahí surgía algo porque la mujer continuaba en la suite y qué se iban a hacer con ella, a lo mejor Julius se demora horas en venir. Se conversa o no se conversa, parecía pensar la pobre Susan, porque la presencia de Arminda como que iba creciendo y ni avanzaba ni retrocedía ni se marchaba ni nada y el jerez ya no tardaba en terminarse y ella tampoco ni se sentaba ni se iba a cambiar y Juan Lucas era capaz de pedirle unos anteojos que no tenía, tan interesado seguía en su Time, ya sólo faltaba que la revista esté al revés para que la suite estalle, con todo lo que ha costado construirla y decorarla, como en las superproducciones cinematográficas norteamericanas. Alguien venía a salvarlos porque tocaban la puerta y tenía que ser alguien que llegaba a salvarlos; así se sentía Susan cuando corrió a abrir y se cruzó con Arminda mirando sin ver y viendo sin mirar, le sonrió pero el mechón se le había caído y le tapaba la boca y Arminda no vio, sólo notó que la señora se apresuraba a abrir: era el botones que se encargaba de lustrar las maletas del señor. Venía cargadito de maletas y muy sonriente por lo de las propinotas. Cuando Susan le dijo pase, casi le ruega que pase, el de verde avanzó feliz, pensando que a lo mejor la señora le entraba al cuento, pero se topó con la otra mujer, como fuera de temporada, y más atrás el señor leyendo. Dejó, pues, de hacerse locas ilusiones, ya ni se atrevió a mirar como diciendo ¿y a ésta quién la invitó?, además ésta le obstruía el camino y no tuvo más remedio que descargar su equipaje y marcharse, dejando a la pobre Arminda prácticamente convertida en isla, islote más bien, rodeada por todos lados de maletas. "


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