La ferocia (fragmento)Nicola Lagioia

La ferocia (fragmento)

"Una pálida luna de tres cuartos iluminaba la estatal a las dos de la mañana. El camino conectaba la Provincia de Taranto con Bari, y a aquella hora solía estar desierta. Corriendo hacia el norte, la carretera entraba y salía desde un eje imaginario, dejando atrás olivos y viñedos y una serie de cobertizos similares a hangares. En el kilómetro treinta y ocho se hallaba una estación de servicio. Era la única disponible en un amplio trecho de camino, y además de autoservicio también disponía de una máquina automática de servir cafés y comidas frías. Para señalar la novedad, el dueño había colocado un sky dancer sobre el techo del garaje. Uno de esos títeres de cinco metros de altura, alimentado por grandes motores de ventilación.
El vendedor hinchable se tambaleaba en el vacío y continuaría haciéndolo hasta la llegada de las primeras luces de la mañana. Más que cualquier otra cosa, semejaba un fantasma sin paz.
Superada la extraña aparición, el paisaje continuaba monótono y uniforme durante varios kilómetros. Casi parecía avanzar en el desierto. Entonces, en la distancia, una crepitante corona señalaba la ciudad. Más allá de la barandilla podían verse campos yermos, árboles frutales y algunas villas bien escondidas por los setos. Entre esos espacios se movían los animales nocturnos.
Los búhos trazaban largas líneas oblicuas en el aire. Se deslizaban hasta batir sus alas a pocos metros del suelo, de modo que los insectos, asustados por la tempestad de arbustos y hojas muertas, salían a la luz decretando su propio fin. Un grillo desalineaba sus antenas en una hoja de jazmín. E impalpable, todo el entorno, similar a una gran marea suspendida en el espacio, una flota de polillas se movía en torno a la luz polarizada de la bóveda celeste.
Idénticos a sí mismos durante millones de años, las pequeñas criaturas de peludas alas eran todas una con la fórmula que garantizaba la estabilidad de su vuelo. Unidos al hilo invisible de la luna, perturbaban el territorio a miles, balanceándose de un lado al otro para evitar los ataques de las rapaces. Entonces, como sucedía todas las noches durante unos veinte años, algunos cientos de ellos se dispersaban hacia el cielo. Creyendo que todavía lidiaban con la luna, advirtieron la presencia de los focos de una villa cercana y acercándose a la luz artificial, la inclinación dorada de su vuelo se quebraba. El movimiento devino en una obsesiva danza circular que sólo la muerte podía interrumpir. "



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