Amor en un clima frío (fragmento)Nancy Mitford

Amor en un clima frío (fragmento)

"Se oyó a lo lejos el ruido de un automóvil, las ruedas al triturar la gravilla y un bocinazo grave. Tras un último vistazo al reloj, tío Matthew se lo guardó en el bolsillo cuando por la avenida apareció el vehículo, que no era ni mucho menos el pequeño Standard que conducía el atontador de percas, sino el enorme Daimler negro de Hampton Park, a bordo del cual llegaban tanto lord como lady Montdore. ¡Gran sensación! Eran rarísimas las visitas a Alconleigh, y más las inesperadas. Todo quien cometiera la impertinencia de probar el experimento no encontraría a tía Sadie y a las niñas, que se habrían echado cuerpo a tierra para no dejarse ver, si bien tío Matthew, desafiante e impermeable a todo azoramiento, se plantaría delante de una ventana, a la vista del osado, al cual le diría el mayordomo que «no estaban en casa». Los vecinos habían renunciado a esas visitas tiempo atrás, por ser una experiencia incómoda. Para colmo, los Montdore se tenían por el rey y la reina de la vecindad, de modo que jamás hacían visitas y daban por hecho que los demás acudirían a su casa, de modo que aquella aparición, se mirase como se quisiera mirar, fue extremadamente peculiar. Estoy segura de que si alguien distinto hubiera irrumpido en los felices instantes en que ya se anticipaba una tarde con el atontador de percas, tío Matthew lo habría despachado con cajas destempladas y quién sabe si no le hubiera lanzado además una piedra. No obstante, cuando vio de quién se trataba, pasó por unos instantes de sorpresa, de aturdimiento, a los cuales se sobrepuso antes de lanzarse a abrir la portezuela del automóvil como un hacendado de antaño, que saltase a sujetar el estribo de su señor feudal.
La vieja arpía, bien lo vimos todos al punto, incluso por la ventanilla del auto, se encontraba en un estado terrible. Tenía la cara enrojecida e hinchada como si llevara muchas horas llorando sin parar. Pareció no reparar siquiera en el tío Matthew, pues ni le dijo palabra ni lo miró siquiera al bajar del coche, quitándose con gesto de malhumor la manta que le cubría los pies. Acto seguido echó a caminar con el paso de una mujer muy envejecida, frágil y cojitranca, hacia la casa. Tía Sadie, que se había apresurado a salir, la rodeó con un brazo por la cintura y la acompaño al salón, cerrando de un portazo tal que a las claras indicó su deseo expreso de que las niñas no asomaran la nariz por allí en un buen rato. Al mismo tiempo, lord Montdore y tío Matthew desaparecieron en el despacho de mi tío. Jassy, Victoria y yo nos quedamos mirándonos con los ojos como platos, alucinadas por tan extraordinario incidente. Sin darnos siquiera tiempo de especular a qué podía deberse todo aquello, apareció el atontador de percas con exquisita puntualidad. "



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