Pánico o peligro (fragmento)María Luisa Puga

Pánico o peligro (fragmento)

"Así, oyéndolas hablar entre ellas, trataba de encontrar a Socorro debajo de todo su maquillaje y las lecciones aprendidas. No lograba más que ver una capa que no entendía, mientras que Lourdes sí. Y las escuchaba pensando en Lola y en lo que Lola estaría pensando (ahora que tendría más tiempo, me decía yo, para ayudarnos a entendernos). La muerte a lo mejor la traemos todos en la cara, pero es imposible que nos demos cuenta, ¿no?, dije, es sólo en el momento de morir que la reconoces… a lo mejor eso nos está pasando con Lola, pero también a lo mejor eso pasaría igual con cualquiera de nosotras… Huy, dijo Socorro, no quiero ni pensar… no es que me dé miedo, sino que como que me mareara.
Algo pasaba. Dos cosas: una, que no me costaba tanto hablar gracias a esa nueva sensación de estarme dirigiendo a Lola; que las demás oyeran o no, no importaba. Era esa sensación de lo dicho en voz alta a un interlocutor tan especial. La otra era que mi incomodidad con Socorro disminuía si no la veía; si no la tenía de frente. Y Lourdes por un momento había quedado atrás, aunque, claro, era ella la que se estaba dando cuenta. ¿Y tú, Susana? Yo qué. ¿Qué quieres? ¿Cómo lo quieres? No tengo la menor idea, dije no poco resentida porque odiaba que me hablara así cuando había otras personas. No, dijo Lourdes, yo tampoco. He creído querer ciertas cosas, pero en el camino, digamos, me doy cuenta de que no es cierto… Socorro bostezaba y yo me sentía sorprendida ante lo que Lourdes había dicho: pero tú quieres escribir, ¿no?, le pregunté. Sí, claro, pero eso no es más que un proceso para otras cosas. Socorro bostezaba más: me tengo que dormir porque si amanezco con ojeras no voy a poder modelar mañana… Lo dijo así y a nadie le pareció monstruoso ni frívolo. De alguna manera habíamos recuperado a Lola y nuevamente estábamos las cuatro mirando para adelante; Lola segura, tranquila, colocada, como si dijéramos, en su sitio. Pero ¿sabes qué, Susana?, me dijo Lourdes antes de ir a acostarse, tienes que leer más. Es lo único que te hace falta…
¿Qué era lo que me pasaba cuando me decía algo así? Era como cuando Mateo me decía: tienes que salir más, ver más, estar más entre la gente. Se me formaba una especie de intriga. Por qué, por qué, ¿qué se ve de mí? ¿Por qué mi jefe no me decía nunca nada semejante? Y con él hablaba de todo, aunque me daba cuenta de que me tomaba un poco como chiste. Acababa siempre diciendo: pero si eres muy joven, además, y eres linda. Qué problemas puedes tener. Cómo se notaba que nunca había visto a Socorro. Lo de ser linda o no, yo lo descarté desde muy al principio. Lourdes era la inteligente, Lola la maternal, Socorro la bonita y yo la destanteada. Así eran las cosas. Pero mi jefe no lo sabía, y yo se lo atribuía un poco a su edad y al hecho de ser español. No se daba cuenta. Y bueno, que a veces alguien se fijara en mí, no me parecía sorprendente tampoco. Siempre se anda uno encontrando por ahí gente que te ve o a quien tú ves. Eso no tenía nada que ver con ser linda. Lo que me inquietaba eran esas cosas que Lourdes me decía y que dejaban implícito que a mí me faltaba algo. Y leer me aburría tanto. Era como meterse en un tiempo seco y solitario, muy lento. Todo me distraía cuando, con un esfuerzo, me colocaba ante ese cúmulo de palabras. Como me sucede ahora con tus reuniones, igual. ¿Qué es lo que pasa en esas reuniones, según yo? Que se colocan unos ante otros para asentar convicciones, formas de ser y formas de fuerza. Las palabras son el pretexto. Lo que se dicen queda afuera de ellas. Es como poner un ruido de fondo a lo mejor para que no resulte demasiado brutal. No se escuchan; se ven. Se comparan unos con otros. Y bueno, si no hay más remedio que hacerlo hablando, ni modo, pero por qué darle tanta importancia a eso y no a lo que verdaderamente pasa.
Me acuerdo de Lourdes leyendo en el apartamento. Ese silencio especial, contenido. Ella como hipnotizada con los ojos fijos en el libro. Igual inmovilidad tenía yo cuando me ponía a ver por la ventana. Sí, es todo lo que uno se va diciendo, pero a mí son las palabras sin forma las que me gustan. Lourdes siempre se sentaba con un cuadernito al lado y cada rato la veía escribiendo. ¿Qué quería tocar? ¿La palabra? ¿La idea que le despertaba? No sé. Pero en todo caso para mí no era así. Yo veía televisión, oía radio. Miraba por la ventana. Me rebelaba ante ese tono de Lourdes: tienes que leer más, Susana. Más… si no leía nada. Incluso, fíjate, cuando estaba con gente —a veces venían al apartamento amigos de Lourdes, de Claude—, yo sabía que no seguía la discusión sino los tonos, los gestos. "



El Poder de la Palabra
epdlp.com